sábado, 22 de diciembre de 2012

Los tulipanes.....

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jueves, 13 de diciembre de 2012

Entrevista para La Comarcal Edicions


13-12-2012

MaribelMontero

Entrevista a Maribel Montero, autora de ‘Los tulipanes son siempre un buen comienzo’


“Me atraía indagar en la mirada masculina acerca del amor, y profundizar en la lucha generacional”

Maribel Montero ha volgut compartir amb nosaltres alguns dels secrets que amaga la seva primera novela Los tulipanes son siempre un buen comienzo, disponible a través del nostre servei de micromecenatge. En aquesta entrevista ens desgrana les fibres que formen l’entramat d’una historia colpidora i reflexiva.

Los tulipanes son siempre un buen comienzo, ¿es una historia de amor o de desamor?

Efectivamente, se trata de una historia de amor, que contiene a su vez varias historias: por un lado, la relación de Augusto –el hijo – con Lucía, está contaminada por una sospecha de infidelidad. Esta circunstancia vuelve la relación inestable, y la pareja oscila de manera continua en un vértigo de encuentros y desencuentros, de ilusiones y desafectos que acaban por asfixiarla, y que desde luego la hacen muy atractiva para el lector, que a menudo reconoce las dudas, las oscilaciones, los diferentes estados  del alma, en sí mismo.
Por otro lado, la relación de Augusto (padre) con Lucía está llena de interesantes matices.  Cuando el magistrado intenta conquistar a esa mujer, está al mismo tiempo compitiendo con su hijo, buscando sus propios límites, tratando de demostrar- creo que es muy masculino- que él puede ser mejor amante, o llegar más alto- y que la “edad de las mermas”, como él mismo dice en un pasaje de la novela, no ha hecho estragos en su cuerpo y en su espíritu.
Son, pues, dos historias de amor, y son dos personajes que se miran el uno en el otro como en un espejo y que deben resolver un conflicto de identidad, que ya aparece metafóricamente planteado en la coincidencia del nombre de pila.  Y Lucía, siempre ambigua y escurridiza, permite que cada uno de ellos evolucione en la búsqueda del propio camino. Porque ésta es también una historia de comienzos y finales, que transcurre durante los tres meses de verano, un tiempo muy breve e intenso, tras el cual los personajes se acabarán transformando. La evolución del padre pasa por aprender a asumir su derrota, que concluye en un acto desesperado, en una ofrenda con final trágico: la ofrenda de su propia vida. Y la evolución del hijo, redimido de la sombra protectora y agobiante del padre, tomando las riendas, creciendo a través del arte y del descenso al fondo de sí mismo, a cuanto en él hay de bueno y de malo. Aprendiendo a creer en su propia fuerza, a superar las carencias con las que creció.

¿Se dirige a algún tipo de lectores en concreto?

Creo que puede interesar a cualquier persona mínimamente formada. Y puede interesar, porque retrata personajes y situaciones reconocibles. Aunque la novela parte de un conflicto que creo es bastante original- una mujer se interpone entre un padre y un hijo y esto provoca que sus vidas y sus convicciones choquen, que descubran su verdadera personalidad- cuanto sucede en el papel podría proyectarse a una realidad cercana en la que los sentimientos se llevaran al límite, poniendo patas arriba la existencia. El lector es partícipe, no es un sujeto pasivo, es alguien que reflexiona sobre la historia, y que hace sus conjeturas sobre la forma en que acabará. Creo que el tipo de narrador en tercera persona ayuda en este caso, pues está  muy próximo a cada uno de los personajes, y las voces de todos ellos se entrecruzan creando un tapiz muy colorido. Al contemplarlo, el lector puede identificarse con su sentir, entender su postura, o notar cierta repulsa.  Entretanto, puede también deleitarse con las descripciones de la ciudad- Barcelona- del mar o de la casa de verano, y con esa mirada comprensiva y a veces crítica hacia un mundo que ofrecía más seguridades pero que debe dar paso a otra época, otra forma de sentir y de estar.

Usted es poeta y rapsoda, ¿cuánto hay de poesía en esta novela?

Comencé mi andadura como escritora escribiendo poesía. Tanto en mi blog palidofuego como en el resto de mis escritos, me interesa la forma tanto como el fondo. No hay un argumento bueno o malo, sino una forma buena o mala de contar una historia. Soy una “yonki” de la palabra- aunque este término esté por suerte en desuso-. Me apasiona buscar el sustantivo exacto, el epíteto adecuado para retratar una emoción, una escena, un paisaje, una expresión de la cara, un gesto que parece captado al azar… Tanto en mis cuentos para adultos como en el taller de escritura que gestiono hay que disponer de los mínimos elementos para llegar al máximo, a la excelencia. En el taller, por ejemplo, se “desmenuzan”, se desmontan historias cortas: de Borges a Sherwood Anderson, de Sergi Pàmies a Saki… En el cuento cada palabra importa, cada frase debe conducir a la siguiente. Es un aprendizaje diario. La poesía y el cuento exigen mucha atención. Además, si se es capaz de describir con belleza, con elegancia, con profundidad, de hacer introspección y tratar de crear algo que perdure-en un momento en que todo parece tan instantáneo y prescindible- ¿por qué conformarse con lo primero que se te ocurre?
Intento, como digo, que mis textos perduren, que hagan reflexionar y que tengan ese ritmo, ese “tempus”, que se acerquen a la belleza musical que tiene el poema. Si consigo que las palabras y los personajes de mi novela vibren en el corazón de mis lectores, lo habré conseguido.

¿Cómo se gestó Los tulipanes son siempre un buen comienzo?

Comencé a escribirla en 2002, aunque después la dejé reposar. La acción de la novela se sitúa en 1999. Por lo tanto, transcurre casi paralela en el tiempo.
¿Qué cómo surgió? Supongo que fue a partir de la reflexión, de una mirada intuitiva sobre lo que me rodea. Me pareció interesante enfrentar a dos personajes tan opuestos, que además pertenecen a una generación diferente y tienen un vínculo familiar de primer grado. Me atraía como escritora indagar en la mirada masculina acerca del amor, y también me interesaba profundizar un poco en la lucha generacional, en el relevo que por ley de vida toda generación nueva debe tomar. Creé a estos dos personajes antagónicos. Al padre socialmente brillante, con un pasado a sus espaldas, con éxito y reconocimiento profesional, y al hijo, tratando de labrarse un futuro por sí mismo. Lo que no resulta sencillo cuando no has tenido que luchar para sobrevivir y desconoces por tanto las normas que rigen “afuera”, más allá de la situación desahogada y de clase media-alta. No es fácil cuando además tienes que superar otro hándicap: el éxito y el poder de tu progenitor, poder que se ejerce de manera sutil, y que lleva implícitas la protección y el paternalismo, pero que de algún modo también humilla.
Creo que en este aspecto la novela es muy actual. El conflicto generacional siempre ha existido, pero la brecha se ha profundizado aún más a causa de la coyuntura en la que estamos envueltos; las distancias y la tensión se agrandan. Creo que los chicos en algún momento pueden realmente sentir que sus padres son competencia desleal, son usurpadores de su destino, invasivos, por más que el amor y el respeto guíe sus relaciones.

Text: Sílvia Tarragó

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Los tulipanes son siempre un buen comienzo, II


                                                            ------------

Por la noche, un conjunto de melodías caía sobre el pueblo rompiendo la oscuridad en miles de notas que convertían la noche en un pasaje fácilmente transitable.
Como si hubieran estado esperando el ocaso del sol, se alzaban de pronto las notas excitadas, rabaneras, lujuriosas, estridentes, amables, sobre las calles de asfalto ardiente, sobre las casas, cuyas terrazas se convertían en dormitorios improvisados, en comedores, en luengos salones donde la conversación flotaba perezosa.
Lucía sentía que se debilitaba ante la música. Era ésta una debilidad porosa, reparadora, semejante a la producida por el sueño. Cualquier compás era capaz de rodearla como un cinturón de seda invisible, con la fuerza centrífuga, absorbente, de un movimiento dirigido a transformarse hasta hacerse eternidad. Incluso aquellos sonidos que empleaban el recurso fácil de la repetición monótona y el regalo al oído y que parecían hechos para la rápida consumición, tenían la capacidad de influir en su estado de ánimo.
La música era una arrebatadora promesa de desvanecimiento, de disolución, la mágica alfombra que le permitía volar y sentirse parte del aire. La ingravidez, la ausencia de peso, de vacilación, el disfrute del alma liberada. Salió al balcón del dormitorio presa del encantamiento musical y se quedó un buen rato suspendida en las vibraciones, en la alquimia instantánea de la sinfonía, esperando anhelante el familiar diálogo de los instrumentos, la batería final de las notas en cascada.
Al llegar este momento giraba sobre sí misma y volvía con el propósito de compartir con Augusto esos instantes. Pero ahí estaba Augusto, desnudo, bello como un Cristo yacente sin heridas en el costado. Con las manos crispadas protegiendo su sexo. Cuando dormía, Augusto ponía las manos descansando entre la almohada y su cara, o bien sobre el sexo. Sus zonas más vulnerables. Estuvo tentada de ir a buscar la cámara y hacer una foto, pero se contuvo pensando que el flash le despertaría. Además, casi nadie quiere que le hagan fotos durmiendo. Tal vez esas fotografías despierten en algunos la repugnancia a la muerte.

http://micromecenatge.lacomarcaledicions.com/productes/los-tulipanes-son-siempre-un-buen-comienzo

viernes, 7 de diciembre de 2012

Los tulipanes son siempre un buen comienzo



Fragmento de la novela "Los tulipanes son siempre un buen comienzo"



..."Tampoco Lucía tenía mucho en común con aquel personaje desbordante, pero es que él ya no deseaba que las mujeres le engulleran como engulle la fuerza aplastante de una desgracia. No. Lucía no era así, pensó con un orgullo decoroso. Pero, ¿quién era Lucía, una embaucadora o un alma blanca, serena, tal como la vio aquella tarde junto a la ventana de la cafetería de la Audiencia?
Absorto en sus reflexiones casi había olvidado que la muchacha se marchó hacía tiempo, y se dispuso a buscarla por toda la casa. Se dio cuenta de que el corazón le latía muy deprisa, mientras subía y bajaba por las frígidas escaleras, y recorría las salas preguntando al personal de servicio si había regresado.
No, nadie la había visto volver, le contestaban. Y con cada no, la sangre acudía a su rostro como una bofetada que lo hacía arder como el rostro de un muchacho enamorado.
Su preocupación era absurda, lo sabía muy bien. Le producía un cansancio gratuito, como los delirios de un  demente. Pero todo era cuestión de organizarse: se mantendría ocupado ordenando papeles en el despacho y cuando llegara por fin Lucía – si es que llegaba- disimularía tan bien, que ella creería que había sido un día sin sobresaltos. Le encontraría tranquilo, fumando en pipa, distraído en ese placer lánguido y noble, y su zozobra sería neutralizada por el grato aroma que perfumaría el aire.
Y como si la casa fuera cómplice de aquel devaneo insufrible, miró incluso en los rincones, en la oscura despensa, en zonas muertas donde no llegaban a veces ni las escobas. Finalmente, acabó en el estudio de pintura. En ese momento, su hijo estaba concentrado en rellenar uno de aquellos lienzos figurativos en los que perdía el tiempo. Su dedicación y su arrobo le parecieron en ese momento un despropósito.
- Lucía está tardando en volver. No sé qué le habrá pasado- dijo, jadeando.
Augusto dio un nuevo brochazo, descargando la brocha con el rigor con el que un director de orquesta maneja la batuta.
- No te preocupes, ya es mayorcita- le contestó, de espaldas a su padre.
De nuevo los dos enfrentándose en silencio. Y de nuevo la respuesta del hijo victorioso, ciego de gloria".

Puedes informarte y reservarla en el siguiente enlace: 





jueves, 15 de noviembre de 2012

Una vida bohemia, parte II



Rodrigo, de nombre épico, tiene un apellido ilustre, una familia que dejó de hablarle tras intentar sin éxito redimir a la oveja descarriada y sin ánimos de volver al redil. A él ese desdén no parece afectarle demasiado, o tal vez  es el precio que paga por ser diferente, pues sin duda lo es. La razón, esa vieja embustera, no puede secuestrarle, ni seducirle. Ha aprendido a agudizar los sentidos, a potenciarlos, a servirse de su nariz para captar las mínimas diferencias, los cambios de una realidad que se evapora y muta con una rapidez increíble. Pues en el fondo Rodrigo es un artista trágico, dionisíaco. Pero a diferencia de otros artistas, que luchan para que el estilo les sobreviva, él lucha por sobrevivir a su propio estilo, aunque sepa que ésta es también una batalla perdida.
Aunque él mismo reconoce que si algo debe agradecer a su familia es la educación que le dieron. Eso siempre está de algún modo presente, a veces de forma fastidiosa y desaprovechada. Ahora bien, él no comulga en absoluto con los ideales burgueses- y se encarga de demostrarlo cada día- : la moralidad y los valores de esa sociedad no encajaban con sus aspiraciones a vivir una vida bohemia, y esa especie de alerta moral permanente sólo le aportaba pérdida de energía y de individualidad.
De todas formas, la sangre que corre ahora por sus venas es sangre embotellada, transfusiones diarias de un rojo y dulce elixir que en ocasiones parecen mitigar ese dolor íntimo y agudo que él confunde -es más fácil penetrar en la forma que en el fondo- con una fastidiosa resaca.
De la que se recupera con un humor envidiable, aunque la procesión vaya por dentro.  "Me río de Janeiro", suele decir con retranca y escepticismo, dirigiéndose al loro del Corinto, al que él mismo bautizó con el nombre de "Viernes" en honor al esclavo de  Robinson Crusoe. A lo que el loro le contesta como un eco beodo: "Janeiro, Janeiro".  Entonces Rodrigo le deja en la jaula unas pipas de calabaza y se queda allí esperando a que el ave acabe de comérselas tras pelar las cáscaras con su potente pico. "Lo de Robinson Crusoe con el loro es el ejemplo de amistad entre el hombre y los animales más intensa que conozco", dijo un día.- Porque en vez de comerse al loro, el tío prefería enseñarle a hablar. No me digáis que no es una historia bonita" Todos estamos de acuerdo. Si un día somos náufragos, nos gustaría tener a un simpático loro en nuestra pequeña isla para enseñarle a hablar y para no sentirnos tan solos.
Pero volvamos a su propia historia, tan azarosa en algunos aspectos como la de Robinson Crusoe. Un día Rodrigo estaba llorando como un niño. Era la primera vez que le veía llorar, y la causa parecía anodina y algo estúpida. Acababan de robarle los zapatos. Su relato fue así: Se había quedado dormido en un banco, pero antes decidió descalzarse porque los pies hinchados le ardían y estaban ásperos como una lija de andar de acá para allá. Se quitó los zapatos y enseguida el sueño acudió como una bendición- eso fue lo que contó, y yo le creo, me lo imagino con el cuerpo enroscado, bajo la sombra de un árbol frondoso en un parque frecuentado por niños, delincuentes y ancianos ociosos-. Estaba tan distraído, tan dentro de sí y de su sueño bendito, que se olvidó de todo, incluso de una de las reglas más importantes para sobrevivir en la selva de asfalto: nadar y guardar la ropa. Cuando despertó, comprobó con rabia que se habían llevado sus viejos mocasines, por lo que no tuvo más remedio que ir andando descalzo hasta el bar, donde alguien le prestó dinero para comprarse unos nuevos.  "Me robaron la dignidad, lo último que me quedaba. ¿Cómo puede un hombre sin zapatos llegar a ningún sitio?"- dijo, mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
Era una queja muy sensata. Un tratado de filosofía para uso comunitario. "Pero Rodrigo, tú llegaste al Corinto, y eso que no tenías zapatos", le dije, a sabiendas de que aquel bar es lo más parecido a un hogar para quienes llevan una vida bohemia. Él reconoció que era cierto, que había llegado hasta allí, pese a estar descalzo.
Así es que esta vez alzamos nuestras copas y brindamos en honor al poeta persa, pero sobre todo, en honor a Machado, quien dejó escrita esta sentencia:  "Que la vida es breve y, además, no importa".

viernes, 26 de octubre de 2012

Una vida bohemia, parte I

Leyendo los versos que Omar ibn al Jayyam escribió en su obra "Rubuiyat" me acordé un día de Rodrigo,  una gran persona, un ser humano que encarna una visión de la vida muy peculiar . Decía el escritor y matemático persa en uno de sus poemas:
"¡Oh, dulce amada! Llena la copa que hoy liberta
de dolores pasados y nuevas inquietudes.
¡Mañana! ¿Y qué?
Mañana, si mi vida despierta
siete mil años idos llamarán a mi puerta"
Su nombre es Rodrigo, pero podría llamarse Juan, o Francisco, o Pablo. Aunque, pensándolo bien, ese nombre que le fue impuesto define muy bien su talante y su genio.  Al pronunciarlo, las "erres" se encasquillan entre la lengua y los dientes, o se pegan al paladar como sollejos de uvas verdes, dejando en la boca un sabor agridulce, como el propio Rodrigo.
Si te pasas por el bar Corinto puedes verlo allí al caer la noche, charlando y riendo con los amigos y bebiendo hasta agotar los últimos céntimos de su bolsillo. Los amigos a veces le invitan, sin cuestionarse si hacen bien o mal fomentando su vicio. Además, si estás en el Corinto es porque has dejado afuera tus reservas acerca de la moralidad y también de la calidad de los licores. Si estás en el Corinto es porque crees que la dignidad es un valor subjetivo, que no tiene tratos con la templanza ni con las expectativas de futuro.  Todos desean- deseamos- que se quede un rato más, una hora más, hasta que el dueño del bar comience a mover sillas y a barrer bajo las mesas como un aviso incuestionable de que ya es la hora del cierre. "La última ronda, Rodrigo", le dice alguno de los habituales, y él sonríe y la acepta encantado, y bebe con valentía  y ansia en honor a la amistad y a la vida, a la perra vida que ni le abandona del todo ni le acompaña gentilmente, como creo que se merece. Pero él no es derrotista, ni mucho menos. Tiene la lucidez amarga y florida del que está de vuelta de muchas cosas, y cuando todo parece perdido, sabe dar un giro a la situación y a la rueda de la fortuna, o a lo que él entiende por fortuna. De tanto en tanto se ingresa a sí mismo en alguno de sus "hospitales de mujeres", como él dice. Sus mujeres, sus amigas, se turnan para cuidarle con lealtad profana en sus recaídas, para ayudarle a ganar unas libras de carne, esos kilos que se le resisten porque lleva una vida "bohemia" y apenas tiene hambre, sino solo sed, una sed que le roe las entrañas. Porque la solidaridad funciona a unos niveles más que aceptables en el entorno de Rodrigo. Es el "hoy por ti, mañana por mí" de los que viven en el filo de la navaja, de los funambulistas sin sentido del equilibrio. Y cuando vuelve de sus hospitales de mujeres al Corinto es un hombre nuevo, dispuesto, eso sí, a tomarse la última junto a los demás parroquianos, tan insignificantes y resecos para la sociedad como las uvas pasas.
Ellos no hablan de Hegel, ni  escuchan a Strawinsky, desde luego. Son bohemios a la fuerza; la mayoría no conoce París, ni siquiera sueñan con viajar, sino con billetes de lotería premiados que les permita continuar con su vida bohemia. Otros sí, otros han viajado a París un fin de semana con la parienta, o con la novia, y lo explican como si hubieran dado la vuelta al mundo. Se jactan de ello como lo haría un viajero que hubiera cruzado el río Amazonas, o recorrido la Panamericana hasta llegar al Polo Norte.
El brillo del cristal de las copas les hipnotiza, y por eso apuran hasta el final el elixir de la eterna borrachera. Están en el paro o a punto de engrosar sus listas, les faltan dientes, o exhalan un aliento cargado, se enredan en peleas tontas que pueden subir de tono pero que no llegan a las manos casi nunca, cuentan chistes y se ríen hasta de su propia sombra. Hablan poco del amor, del que se mofan como si se tratara de una cursilería propia de blandos. Y es que en el fondo lo consideran tan serio, que no pueden hablar de él si no es en broma. Fuman de forma compulsiva a las puertas del Corinto, iniciando charlas con conocidos o desconocidos que comparten su mismo placer, o su grito de guerra: "¿Qué te metes don Quijote, p'a luchar con los molinos?", recordando lo último de Melendi.
Charlas que se apagan con la última calada. Pero antes, expulsan el humo al cielo, hacia esa luna tan solitaria y tan blanca perdida en el negro cielo, mientras el cigarro se consume y se convierte en ceniza, como la mayoría de sus ilusiones. Y cuando se acaba el pitillo, regresan de nuevo a esa especie de refugio antimisiles, sabiendo que comparten algo más que la barra del mostrador y la botella que el camarero va escanciando en sus copas.
Y allí se encuentran con Rodrigo, que no fuma, aunque bebe como un cosaco, y que tal vez nunca oyó hablar del poeta persa, pero que no cree en la vida eterna y, como él, se centra, o más bien zozobra con los placeres terrenales. Y que salga el sol por donde quiera.

sábado, 22 de septiembre de 2012

Una playa nudista


Una playa nudista.





El nudismo es una especie de religión con una única norma de obligado cumplimiento: prescindir de la ropa. El transgresor es el que va vestido, y en esa comunidad arcaica, snob, hippie o postmoderna, todos deben desprenderse de la máscara, de las etiquetas caras o baratas, de las modas pasajeras. 
Para mí, que tiendo a divagar y a perderme por caminos imprevistos, entrar en una playa nudista me pareció un acto liberador. Con orgullo pueril me perdí entre esos seres desnudos y despreocupados, sin interferencias ni complejos, como si en ese momento contrajera un compromiso sagrado con mi propio cuerpo. Sin juzgar, sin pretender aceptar o rechazar la idea de libertad que ellos señalaban. Vivir sin juzgar es la única manera de vivir. Y es tan difícil conseguirlo, que usamos vestidos no sólo con la finalidad de abrigarnos, sino como  máscaras que cubren nuestros defectos y resaltan nuestras virtudes. Elegimos la que nos conviene para presentarnos a diario ante el mundo, confiando en que éste nos acepte tal como nos gustaría ser.
Un cuerpo desnudo es un cuerpo expuesto, y revela una verdad tan íntima, que inconscientemente bajamos la mirada con un pudor instintivo ante lo solemne, ante aquello que por su sencillez misteriosa nos deslumbra o nos subyuga. Tal vez porque la fascinación que ejerce un cuerpo sin adornos ni artificios distorsiona la dimensión personal, distrae y menoscaba  la esencia del ser, para convertirlo en  instrumento de placer, en carne arrebatadora que con avidez y sin refinamiento contemplamos. Nuestra fantasía se desconcierta ante un misterio que se desvanece dejando un rastro de humanidad y poros abiertos que no siempre exhalan perfumes agradables. Pero nuestra mirada, adicta a los sabores agridulces, disfruta con esa golosina.
Un cuerpo desnudo es un panfleto contra la indiferencia. Reivindica la vuelta a un estado de pureza, de permanente idilio con la Naturaleza. Proclama a un tiempo su individualidad y su pertenencia a la raza humana, el impulso creador y la fuerza destructiva que emanan del alma y se transmiten al cuerpo, su instrumento. Por eso el desnudo es revolucionario y si está en movimiento y se dirige hacia nosotros, se nos antoja amenazador.
Para el artista, el cuerpo desnudo es una herramienta útil con la que expresar su arte y también una excusa para lanzar desde el lienzo, el yeso o la palabra, esa verdad que a veces incomoda porque brota de dentro afuera, y que es recibida en silencio. Porque el hombre "sabe", y el hombre "reconoce".
En la playa nudista me sentí cómoda. Sin botones ni corchetes, sin cremalleras ni fibras artificiales, la vida se despojaba de pretensiones y, con las manos mojadas y el pelo húmedo, se recupera la alegría, ese don innato y desaprovechado.
 La visión que se tiene del cuerpo cambia radicalmente en estos lugares. Las imperfecciones, los excesos o carencias, los colgajos de la carne, las arrugas, en cierto modo dejan de tener importancia. La última barrera, la piel, se vuelve amable, acogedora, cálida. El mar está sereno, y brilla como el espejo en el que todos nos miramos. El mar no sabe de clases sociales. El sol y el mar nos reconcilian y nos hacen sentir pequeños y desnudos, como recién nacidos. 
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Llegaremos desnudos a la última playa, llegaremos despojados de todo, como vinimos; la mortaja la pondrán los otros, los que se quedan temporalmente , como un trámite a cumplir, como un velo ligero que separa una vida de la otra. La máscara servirá de nuevo para ocultar una verdad dolorosa, que instintivamente nos repele.
Moriremos desnudos, pero sabiendo. 





miércoles, 11 de julio de 2012

Cómo rimar "oro" con "toro"

La poesía está íntimamente relacionada con el hambre. El poeta escribe con el estómago vacío- tal vez por eso en los recitales de poesía se suelen servir canapés y bebidas que además de aplacar el hambre y la sed aplacan la trascendencia a menudo insoportable de símiles y metáforas-
No son muchos los poetas que viven de la poesía; en cambio, son legión los poetas idealistas- tal vez sea una redundancia- que dedican buena parte de su tiempo a rimar "oro" con "toro", mientras el grifo de la cocina gotea insistente porque se ha roto la válvula o la canilla. El poeta tiene cosas mucho más importantes que hacer que empuñar una llave inglesa. El poeta tiene que escuchar la voz del viento y por eso, únicamente por eso, le molesta que el grifo de la cocina gotee con su monótono compás, abocándole sin remedio a un exilio de ideas. No hay piedad para ese hombre solitario y vagabundo que trata de ordenar el caos y sólo consigue de vez en cuando un soneto más o menos brillante que fue concebido tras una lectura atenta de Garcilaso, y que nació con vocación de permanecia en una época en la que todo es efímero, liviano, y en la que la franqueza que surge del inconsciente aterroriza.
 El poeta es un impostor: no salva vidas, a pesar de que en su delirio de ángel anunciador se arrogue la facultad de ser médico del alma. Sin embargo, a menudo se conforma con arrancar una sonrisa, o una lágrima, de explorar con gracia una emoción latente. Mientras señala la paradoja del amor, la pulsión  del miedo, el sexo o el deseo, el grifo de la cocina sigue goteando y él se refugia en el monte Parnaso, conducido por las musas, embriagado por los endecasílabos y las rimas consonantes.
¡Pobre poeta que se ve arrastrado sin piedad por la corriente más prosaica de la vida, por unos hijos que tiran de su chaqueta y reclaman una tarde en el Mc'Donalds, por su mujer, que necesita una funda para un diente, por el grifo que gotea, el presidente de la comunidad de vecinos que pide una nueva derrama, y por su madre anciana, que ya ni se queja de sus espaciadas visitas!
¿Qué hay de lo mío?, le preguntan al poeta, como un coro griego que interrumpe de forma indigna y desesperante el que estaba a punto de ser su mejor poema. Él sólo quería rimar "oro" con "toro", y llevar una vida bohemia al estilo Dylan Thomas, ganar algún concurso, publicar en Hyperion, dedicarle un libro a su esposa la mártir y salir indemne de la zambullida a pleno pulmón en el océano de la locura. 
El grito de ese poeta es un grito universal.Su esfuerzo por comprender los misterios del corazón es un esfuerzo colectivo, porque el mundo es un lugar inhóspito con grifos que gotean e hijos que reclaman, pero hay cosas que también deben ser atendidas, aunque requieran un especial desvelo al que él- no lo dudéis- también opone la resistencia, la resistencia del que cumple una misión bella pero ingrata.
El poeta debe lanzar y recoger al mismo tiempo ese grito. De lo contrario, se perderán las secretas nostalgias y la melancolía del alma, y las verdades que importan se quedarán sin palabras que las arropen, y esta verdad muda golpeará con fuerza a los hombres futuros.



lunes, 18 de junio de 2012

El anuncio de Bella Aurora, parte II



La tía Elena amaba los potingues. La ocasional brillantina para el pelo, el colorete para sus pálidas mejillas, las barras de labios de un rojo arrebatador  -escandaloso, según la opinión de la abuela-, el perfume Siglo de Oro -dulzón y persistente como la mayoría de los perfumes de antaño- con el que rociaba de forma generosa mi cuello apretando con sus finos dedos de costurera el perfumero a bomba que le compró en Larache uno de sus novios. Todos los cosméticos se guardaban en hermosos cachivaches que entretenían mi infancia ávida de experiencias. Había un cofre en forma de mariposa, con pequeñas incustraciones de nácar, que desplegaba sus alas para ofrecer una explosión de colores que alegraba sus párpados marchitos y su profunda mirada de mujer de posguerra. Con ayuda de estos cosméticos y de los inefables tarros de crema Bella Aurora, la tía Elena se convertía en una enigmática y seductora Cleopatra.
La crema Bella Aurora no se acababa nunca, porque toda la familia le hacíamos el mismo regalo por su cumpleaños, con esa amable y cómoda insistencia de sobrinos despreocupados que únicamente desean que las cosas, sobre todo las que atañían a la tía, siguieran siendo como eran.
Pero la naturaleza humana tiende al cambio, para bien o para mal. Y la tía Elena no escapaba a esa ley. Sin embargo, esa crema espesa y perfumada distraía sus arrugas y concedía a su rostro el saludable brillo de la esperanza.
Mi imaginación exaltada le atribuía propiedades mágicas. Era el ungüento de las diosas que esconden su divinidad para no ofender a los mortales. 
Yo aspiraba a más. A escondidas, con emoción pagana, me embadurnaba la cara, aunque me estaba prohibido hacer uso de todo tipo de cosméticos, o precisamente por eso. Anhelaba el día en que pudiera salir a la calle con mi nueva cara protegida con aquella espesa máscara impenetrable, salir a las calles como una virgen a la que tiran flores desde los balcones, provocando envidia y deseo en cada esquina.
Recuerdo a la tía Elena preparando el café de los domingos y escuchando las canciones del "ruiseñor de Avignon". Ella tomaba un café largo y fuerte, un café caliente en el que se disolvían el azúcar y los suspiros. La recuerdo pensativa y delicada, junto a un ramo de rosas, o asomada a la ventana, contemplando los geranios y las peonías. Parecía habitar un país extranjero.
En cierto modo, la crema Bella Aurora la salvaba. Salvaba su cutis fino y delicado. La salvaba del sacrificio de ser la tía universal que acepta las migajas de amor que quieran darle, de la bellaquería de sus novios, que la dejaron pese a ser tan bella como la Célimène de Moliere, o la Ilustre Fregona, de Cervantes. La salvaba de todos los que halagábamos su destreza culinaria y nos marchábamos dejándola sola en la cocina con sus cacharros sucios y sus pensamientos densos como el café de los domingos, y sus novelas de Corín Tellado. La salvaba de todos los imperdibles que perdió, y del anonimato de todas las heroínas que pasan por la vida como si fueran sombras cuando proyectan tanta luz.
Espero que tarden en descolgar ese cartel que se encuentra en un edificio de dos plantas, al lado de la compañía de seguros Aliance, de un verde brillante y plastificado. Medio escondido, como si pidiera perdón por existir. Igual que la tía Elena. 

miércoles, 13 de junio de 2012

El anuncio de Bella Aurora, parte I


Cuando paseo por la calle Balmes y veo el viejo anuncio de Bella Aurora con sus letras coquetas a la intemperie, siento una irrefrenable necesidad de abrir esa puerta de madera carcomida donde crece el terco musgo y se agrupan las hojas amarillas del insomnio perenne. A medida que avanzo, las flores marchitas de los recuerdos se alzan turgentes, como si la lluvia pura y delicada empapara sus raíces y las devolviera a la vida. Los árboles, que parecían vencidos por las tempestades y los vientos huracanados que estallan en las venas a pesar del silencio, extienden sus ramas a mi paso y me saludan como viejos camaradas a los que un día dije adiós y a los que nunca dejé de extrañar. Ese camino flanquedo por hileras de rosales de rosas sangre de toro y por lilas perfumadas que aturden los sentidos, llega hasta la antigua casa de piedra desde la que llega la afinada voz de Mirielle Mathieu cantando Rien no rien. Huele a café, y los habitantes de la casa, perezosos, se dejan envolver por ese aroma, tal como sucede cada domingo, hasta que el hambre los saque de la cama uno a uno y, sin parar de bostezar, se sirvan ellos mismos de la cafetera, mientras se dedican torpes sonrisas sin gracia y sorben después el café que uno de ellos acompañará con leche, otro con whisky y el tercero- el padre- tomará solo, sin azúcar, un poco por costumbre y otro poco por extravagancia. O tal vez por una particular interpretación de lo que significa la autoridad. La tía soltera es- cómo no- quien se levantó primero para preparar ese café denso y familiar que ella se tomó hace tiempo acompañada por el ruiseñor de Avignon. Para ella, todos somos sus sobrinos. Incluso su hermana y su cuñado. Somos sobrinos a los que regalar su tiempo y las toallas de puntillas marcadas con nuestras iniciales, anillos de madreperla, camafeos de oro y algún tirón de orejas cuando nos comportábamos como niños de la calle y volvíamos del vertedero con tizne de deshollinador en la cara y con las encías y los dientes negros de comer zarzamoras, al final del verano. Su amor era empalagoso como los bizcochos borrachos que preparaba.



lunes, 14 de mayo de 2012

Frivolidad y otras naderías

-La frivolidad es una forma de desconexión de la realidad. Una mirada que se desliza por la superficie sin llegar a penetrarla.
-La frivolidad no repara en gastos- inútiles, casi siempre-
- Frívolo es todo aquel que sacrifica a la persona en favor del personaje.
-Un frívolo puede ser muy fiel- a un cosmético, a una marca de moda, a la cirugía estética....
- La frivolidad es exigente con la envoltura y displicente con el contenido.
- El frívolo vive de prestado.
- Todo lo banal esconde una profunda carencia.
- Los frívilos suelen dar el espectáculo. Pero su público se aburre enseguida.
- El frívolo sorprende por su capacidad de quererse a sí mismo e ignorar al resto del mundo.
- Si un frívolo adopta un perro es porque le gusta que le traigan el periódico.
- Un frívolo nada en la superficie y nunca se zambulle en el fondo, allí donde las aguas son más frías pero también más puras.
- Un frívolo transita de lo divino a lo humano por caminos muy trillados.
¿"Carpe diem" es frívolo? Depende de cómo se viva el instante.
- Si le niegas el saludo al Rey, ¿eres irreverente, insumiso o simplemente frívolo?
- La frivilidad es el escarceo de la conciencia con un dolor enmascarado.
- Me dicen que no me tome las cosas al pie de la letra pero, ¿cómo podría no hacerlo? Soy escritora.



lunes, 16 de abril de 2012

Finales cerrados, finales abiertos (II)

La curiosidad es un motor que nos empuja siempre hacia adelante. Por curiosidad, el lector devora páginas y páginas escritas. Quiere información, desea saber: sobre el éxito o el fracaso de una empresa, sobre el destino de un personaje, sobre la evolución y transformación de ese personaje a lo largo de la historia. ¡Saber, saber, quiero saber!, quiero satisfacer mi apetito de conocimiento, quiero que alguien responda a las preguntas que genera el texto. ¿En qué acabó la cosa? decimos de forma coloquial, llevados por el ansia de saber más, de saberlo todo.
Por curiosidad emprendemos hazañas heróicas: desde iniciar un negocio hasta responder a la llamada del amor, desde viajar a otros países hasta emprender un viaje interior que puede durar toda una vida.
En la vida y en la literatura nos marcamos objetivos. Algunos se cumplen, otros se aplazan, otros se frustran. Ocurra lo que ocurra, lo importante es la continuidad. Si una puerta se cierra, otra se abre, porque nuestra vida es un gran mosaico que se va construyendo a lo largo del tiempo, y que puede ser contemplado en conjunto o viñeta a viñeta, ventana a ventana. A veces el mosaico es monocromo, uniforme, pero otras veces se enriquece con espectaculares motivos ornamentales. Ese salto cualitativo nos mantiene en vilo, porque todo cambio es una incerteza. Y lo extraordinario sucede en el momento menos pensado; el azar es un fanático de las sorpresas y es capaz de dar la vuelta al guión como si se tratara de uno de esos guionistas que buscan el golpe de efecto a toda costa.
El lector lo sabe, y se sube a la montaña rusa del suspense esperando su recompensa: el apetitoso caramelo del final. Nos gustan las certezas, y los finales cerrados nos ofrecen una especie de guía para transitar territorios personales.
Alguien me contó que al terminar de leer la novela "Cien años de soledad", experimentó un sentimiento de pérdida tan grande, que fue incapaz de abrir ningún otro libro durante aproximadamente un mes. Un mes de duelo en el que se comportaba como un viudo aferrado a los recuerdos felices de su matrimonio, extraditado de por vida de su Macondo del alma y devuelto a la realidad y a tierra firme como un polizonte que se colara de rondón uno de aquellos vapores antiguos que cruzaban el Caribe mientras los Aurelianos y Amarantas y Remedios la Bella se quedaban por siempre en la otra orilla.
Algunos finales nos marcan de por vida. Pero no hay que olvidar que existe ese otro medio mundo que piensa que los finales cerrados pueden ser muros que nos impiden ver lo que hay tras ellos, que nos cierran el horizonte. Ellos prefieren guardar la guinda del pastel intacta, cerrar el libro e inventar su propio final. ¿Y si la liebre -la del principio, la que todos los escritores perseguimos- fuera una princesa víctima de un hechizo del mago Merlín? ¿Y si lograra convencer a su perseguidor de que es el último ejemplar de liebre sobre la tierra?
En esa franja ancha que va de lo posible a lo realizado, en ese espacio abierto a la imaginación y las pesquisas podemos encontrarnos a gusto. Lean si tienen ocasión el cuento de Sherwood Anderson titulado "Las manos", que pertenece a su libro de relatos "Winnesburg, Ohio". Comprenderán muy bien de lo que estoy hablando.
Y si no pueden leerlo, recuerden que todo puede ser reescrito, sobre todo los finales, algunos de la vida, y desde luego, los otros. ¿Y si Caperucita no era la cándida niña temerosa del lobo, sino una guarda forestal que esconde en la cesta una Smith and Wilson con la que dispara al pobre animalito, perplejo y desarmado? ¿Y si la Bella Durmiente, al despertar de su sueño secular, dicide emprender la carrera de investigadora y acaba fabricando el colchón más cómodo y más ergonómico y más maravilloso de todos los colchones?
Los finales cerrados pueden ser muros que nos impiden ver lo que hay tras ellos, que nos cierran el horizonte.
Y cuando nuestras vidas lleguen a su fin - porque ese final ya está escrito- siempre seguirá habiendo alguien dispuesto a cazar liebres, o gazapos, o gamusinos, a cazar historias a lazo, o con tirachinas, o con escopeta. A mano o a máquina.

viernes, 23 de marzo de 2012

Finales cerrados, finales abiertos ( parte I)

El mundo se divide entre los que prefieren los finales abiertos y los que prefieren los finales cerrados. Aunque la vida no siempre permite elegir el tipo de final que desearíamos. Por el contrario, a veces nos impone finales precipitados como coitus interruptus, finales trágicos, previsibles o imprevisibles. Y luego hay que volver a comenzar. Sin comienzos no hay finales, como no hay noche sin día.

Algunos finales se preparan concienzudamente, otros se toleran con resignación, otros se padecen, otros se gozan. Nos llueven finales a diario, y no siempre llueven a gusto de todos. Y, pese al papel que juega el azar, la buena noticia es que podemos intervenir en el The end y ver cumplidos nuestros sueños. Incluso aquellos que soñamos cuando tenemos los ojos abiertos.
En literatura ocurre algo parecido, porque la literatura es un campo de pruebas de la vida, un laboratorio en el que se procesan ideas, experiencias, sentimientos, conocimientos y poco más. Las combinacíones resultantes son tantas como el número de escritores. Y en este segmento de la población también hay - cómo no- los que prefieren los finales abiertos y los que prefieren los finales cerrados.
Pues lo cierto es que los escritores perseguimos liebres, aunque no siempre las cazamos. Eso sí, a todos nos gusta verlas correr, avanzando por un entorno más o menos bucólico, huyendo de los depredadores, esquivando el tiro con su cuerpo elástico, su astucia y su velocidad proverbial.
Acabar un relato o una novela con un final cerrado es como cazar esa liebre esquiva, apetecible, atlética.
Pero hay ocasiones en las que a mí, particularmente, no me interesa conseguir ese trofeo, sino dejar correr la liebre, observar su comportamiento, su fatiga animal, detenerme en las escaramuzas, en los regates a campo abierto, en el suspense, la tensión y el fuerte vínculo que se establece entre perseguidor y perseguido. Me interesa ese momento único en que nuestras miradas se cruzan y comienza la persecución. Cuando ella, la liebre, me atrapa con su encanto de pieza única, con sus tiesas orejas, sus patas velocísimas, sus músculos entrenados. Durante un tiempo corremos en la misma dirección; luego se me escapa, luego aparece de nuevo tras un arbusto o en lo alto de una loma. Yo voy siguiendo su rastro estimulada por la adrenalina, con el arma pegada al cuerpo, sirviéndome del olfato, el instinto, la habilidad. Sabiendo que la liebre no sólo es la liebre, sino todo lo que representa: el ansia de libertad, la lucha por la supervivencia, la continuidad de un mundo poblado por hermosos seres veloces que nos retan.
Como cazadora vocacional, mi ánimo oscila entre el temor al fracaso y la esperanza en el triunfo. Lo cual no es malo, pues ese punto de tensión permite lanzarse al vacío y no morir en el intento.
Pero, ¿qué ocurre a veces? Pues ocurre que no quiero perderme nada y -juro que no lo busco de ninguna de las maneras, sino que simplemente ocurre- entonces yo puedo ser unas veces liebre y otras veces cazadora. Se trata de un desdoblamiento, o tal vez de una escapatoria. Quien escribe conoce sin duda los puntos de fuga, las dobles vidas y todos esos fenómenos paranormales que suceden de forma normal mientras escribimos. Se podría decir que, en un juego de identidades intercambiables aceptado de antemano, adoptamos otro punto de vista, otra identidad. 
Pues bien, desde el punto de vista de la liebre, ser cazada no es un final feliz. Y desde luego es un final previsible y hasta soso. Se ha cumplido un objetivo, lo cual está muy bien,  pero la liebre ha muerto. Punto final. Y el punto final duele a veces. En la literatura y en la vida.

lunes, 5 de marzo de 2012

Tomates verdes fritos

Cuando cruzo el umbral, tengo la sensación de estar realizando un transbordo, de hallarme en mitad de dos estaciones de metro, recorriendo unos pasillos en los que reina el silencio y el olor acre de las flores .marchitas. Todavía no se ha inventado un Día del Anciano Residente, pero estoy segura de que alguien debe estar en estos momentos planeando concienzudamente una celebración de este tipo. El sentimiento de culpa colectivo suele abocar en ingeniosas iniciativas que favorecen -sobre todo- a las conciencias culpables. Esa persona o personas que tengan en mente dedicar un "día de la senectud recluida en el limbo de los justos",  merece todos nuestros respetos, aunque no estoy muy segura de que merezca nuestros aplausos. Ya sabemos lo que significa dedicar un día al año a una causa más o menos perdida con la intención de recuperarla. Que no estar a la altura provoca pánico y que éste a su vez desemboca en actos edificantes: un discurso televisado o en un detallito comprado con prisa en la tienda de la esquina. Aún así, tiene su mérito, pues esta persona -o personas- tiene al menos unos gramos de sensibilidad. Ha descubierto, como me ocurrió a mí la primera vez que pisé una residencia de ancianos, que la vida parece transcurrir a dos niveles para los que  la contemplamos con ausencia de riesgos, o con la urgencia de una piedad ejercida en horario de visitas : fuera- dentro, silencio- ruído, aceleración- ralentización, lucha- aceptación, presente- pasado...
Pensar aturde. Lo siento, pero este lugar parece hecho a propósito para pensar, porque aquí el tiempo, pese a estar envasado al vacío, produce una oxidación escandalosa que hace sangrar las ideas como encías acosadas por la piorrea. Porque aquí el silencio produce calambres en el estómago, como el hambre. Y me hace recordar a aquella viejita que en un relato de Clarice Lispector se perdió en el estadio de Maracaná y que, cuando finalmente logró llegar a su casa, superando la pesadilla de caminar en círculo sin apenas esperanzas, en lugar de encontrarse a sí misma- pues esa búsqueda obsesiva por el estadio exigía un encuentro- se encontró con la muerte.

Pero me estoy precipitando, y la palabra precipitación no tiene mucho sentido cuando una se mueve entre sillas de ruedas y ojillos que en lugar de mirar interrogan. Creo que lo mejor es tratar de adaptarse a su ritmo, un ritmo extremadamente lento que me impacienta y me hace ir de un lado para otro como si buscara algo que en realidad no he perdido- ¿busco la vida? ¿la elemental, bulliciosa, luminosa vida que todos merecemos?-
Está claro: necesito quitarme los tacones y las prisas y calzarme las zapatillas de andar por casa, ponerme las cristales de ver despacio y flotar en esa atmósfera húmeda, de aerosoles y lacas caducadas en las que cristalizan mariposas moribundas con las alas extendidas como un grito.
Mientras voy al encuentro de Juana siento que mis pies resbalan, que mi cuerpo sufre una especie de vértigo o de sueño pesado. Es la misma sensación de contemplar el agua al otro lado del enorme cristal hermético de un acuario, un grueso cristal algo sucio tras el cual se vislumbran sombras lejanas, líquenes grises, peces escoba boqueantes y unos cuantos y exóticos peces tropicales , vivitos y coleando, que se desplazan con su delicado cuerpecillo para emprender su labor de calceta, tejer bufandas, rencillas o sueños. En esa gran pecera algo escasa de oxígeno, otros pececillos besan con sonoros besos ensalivados las mejillas sonrosadas del nieto, y otros se dirigen al rincón de lectura y se sientan junto a una ventana para recibir los últimos rayos de un sol paternal y egregio. .
Pues no todo es agonía, escasez o desamparo.  Algunos abuelos me reconocen y me saludan con una alegría mansa, sin nostalgia, de persona a persona, y entonces cesa la lucha, el dolor se alivia. Me quieren. Los quiero.
Abro la puerta de la habitación, y los últimos recelos se desvanecen: ahí esta Juana, sonriendo. Esta tarde luce un nuevo collar de cuentas de cristal. Tan digna, tan radiante como si luciera la tiara de esmeraldas de la reina Isabel de Inglaterra. Le pregunto quién se lo ha regalado y, una vez más, calla y sonríe, protegiéndolo con sus dedos pálidos, con sus manos moradas. Tengo que admitir que su actitud me desarma, que su silencio me angustia. En el silencio creo percibir una acusación velada, una queja sin formular que pende sobre mi cabeza como una afilada estalactita.
Pero el consuelo llega cuando percibo su necesidad. Su necesidad es al mismo tiempo mi amparo. Por eso, siempre que visito a Juana recuerdo a aquel delicioso personaje interpretado por Kathy Bates, y la transformación que se operó en ella tras las visitas a Nanny, una anciana con un pasado sorprendente. En esa enternecedora película, las dos historias transcurren paralelas: por un lado, el relato de una vida que toca a su fin y por otro, el de alguien que al fin toma las riendas de su vida.
Sin duda, a muchos nos gustaría encontrar a alguien que ilumine nuestra existencia antes de que su vida se apague como una vela. Encontrar un lucero en la noche oscura, tal como le ocurrió a la protagonista de "Tomates verdes fritos".
En sus visitas a la anciana de pelo blanco que escondía terribles secretos, ella le llevaba pastas caseras, además de aquellos deliciosos tomates verdes fritos que le recordaban su juventud en Alabama.
Yo, cuando no puedo ofrecerle algo más dulce, le ofrezco bombones a Juana. Mientras los saborea, cierra sus ojos cansados, sorprendentemente tímidos, y se deja llevar por las sensaciones en silencio, como si meditara. Todo lo importante se saborea en silencio y con los ojos cerrados. Cuando Juana saborea un bombón, maneja información privilegiada. Información que maneja a su antojo.
Un día le llevé una revista. A Juana siempre le gustó leer. Pese a que ignoraba si en ese momento de su vida la lectura le causaría el mismo placer que antaño, deseaba romper de alguna manera su silencio. El primer titular que leyó trataba sobre una visita de la princesa Letizia a un jardín de infancia. "Letizia lee un cuento a los niños", leyó Juana sin mucho entusiasmo. Para mí, en cambio, era una delicia oirla juntar letras de manera elegante y efectiva. Su voz era nítida, como la de alguien que reflexiona y siente lo que dice. Cuando acabó la breve lectura le comenté, ansiosa por restablecer la comunicación con ella: "¿verdad que es guapa, la princesa?". Ella se pasó los dedos arrugados por los blancos rizos de su cabello y luego me miró con cierto desdén, como si la hubiera decepcionado. No necesitaba recalar en lo obvio, ni entretenerse lo más mínimo con hechos circunstanciales. Ella tiene asuntos propios a los que debe atender con urgencia, asuntos que producen hermosos destellos en sus ojos claros, avisos del resplandor que la ilumina.

Pero el silencio tiene mala reputación: que se lo pregunten a un sordo. Porque temer al silencio es temer a la nada, aunque resulte que tal vez la nada sólo existe en nuestras mentes excitables e inseguras.
Y antes de que la nada nos separara como un abismo insalvable, abrí de nuevo la revista y la invité a leer un anuncio sobre aparatos de aire acondicionado. "Misubisi. El silencio", dijo con rapidez, y luego se sumió de nuevo en sus cavilaciones, sin duda más interesantes que las veleidades de este mundo que seguramente dejó de preocuparle hace tiempo.
Di por hecho que tampoco le importaban  las princesas, ni los aires acondicionados, que no tenía que encargarse del mundo porque el mundo lo sostienen o lo manejan otros, a Dios gracias.
 "Muy bien, Juana", le dije, aceptándola como era, amándola tal como era, solidarizándome con su silencio.
Te entiendo, Juana. El silencio resulta tan excepcional, que necesita pedirse como un favor o una merced, con el dedo índice en los labios o con un siseo que adormece como una nana cantada con arrobo.
Nunca más el silencio, tu silencio, volverá a angustiarme. Porque callar no siempre es otorgar.
Callar es un deber, pues necesitamos que el silencio fecunde nuestras vidas.
Callar también es un derecho, y Juana luchó durante setenta y ocho años por conseguirlo.

miércoles, 15 de febrero de 2012

El señor Keuner y el café de los espejos.

Se preguntaba Bertolt Brecht, en voz de su astuto y cortés personaje el señor Keuner: "¿Cuáles son los mejores hijos? Y acto seguido respondía : "los que hacen olvidar al padre". Hablaba sobre el estilo en literatura, que es como hablar sobre el estilo en la vida.
El señor Keuner sería un buen partenaire en el "café de los espejos"- que me perdonen en Marrakech, donde hay uno precioso, coqueto y oriental- pues aquí también tenemos un lugar mágico, recoleto y sin malos humos donde un pequeño grupo reflexiona y se interna por un camino sin atajos, buscando avanzar a través de la palabra, sin compromiso, como si se tratara de un paseo, mientras en los espejos flota una leve bruma azulada, el vapor clamoroso de la cafetera y el aliento excitante de la aventura. Este grupo de valientes acepta retos temerarios, se despoja de bufandas y prejuicios y frente a una tetera panzuda ve desfilar personajes tan reales que prestan su energía y su voz, su mirada y sus ansias de sobrevivir, de perpetuarse en el recuerdo como si se tratara de un pariente cercano, el más querido de todos. En esa atmósfera de sueño, en esa ausencia del mundo, de tanto en tanto aparecen los objetos perdidos que todos buscamos afanosamente en el fondo de nuestra alma.
Ellos, el pequeño grupo, no sabe -o tal vez sí, tal vez sospecha ya- que su búsqueda y sus incertezas son también las mías y que sus hallazgos nos acercan cada vez más a una libertad deslumbrante, sólida como sólida es la libertad en estado de gracia.
El estado de gracia puede ser un estilo de vida; al menos, yo desearía que se convirtiera en un estilo de vida. Comprendo también que el estado de gracia tiene carácter efímero, y por eso lucho- luchamos- con todas nuestras fuerzas para prolongarlo. En este café ensayamos para lograrlo, como se hace con las buenas obras de teatro. El estado de gracia necesita un buen atrezzo y un elenco de actores de primera fila. Y por suerte, disponemos de ambas cosas. Por nuestro café desfila un Borges con sabor a yerba mate que un sábado nos dejó boquiabiertos con su disco de un solo lado, que sólo en las manos de un descendiente de Odín conserva su magia. Y desfila de vez en cuando Sepúlveda, que porta la taza del amargo café del desencuentro, y también Sherwood Anderson, quien nos sirve manzanas al horno, pero no unas manzanas cualquiera, sino esas arrugadas manzanas de Winnesburg que conocen y aprecian los que aman sin sobresaltos. Sobre la mesa de formica llena de papeles, cuentos y proyectos de cuentos planea la sombra burlona de Javier Tomeo, mientras fuma en su pipa de espuma y nos habla, socarrón, de hombres y mujeres que tropiezan, padecen reúma y son asimétricos, o decididamente monstruosos, de hombres y mujeres que producen ternura y/o asco, y de sus muñones ensangrentados, de sus almas mutiladas y listas para salir a la vida. Cortázar, el gigante Cortázar, sabe a café melée tomado en el Bateau-Lavoir mientras contempla extasiado a las señoritas de Avignon o mientras cruza el Sena junto a la Maga. Clarice Lispector sabe a bombón nadando en licor de cerezas, a niñas sabias sentadas en un alto taburete giratorio degustando un batido de chocolate con su papá frente a la barra brillante como la plata de los domingos . Chejov es un gran reconstituyente, una bomba antioxidante, como se dice ahora, que debe tomarse a menudo y en dosis pequeñas, como si se tratara del licor ardiente que toman los hombres de la estepa rusa. Hombres que conservan en su boca el sabor de los besos equivocados, besos que transformaron al soldado de su cuento. Sergi Pámies sirve un gintonic bien cargado a aquel borracho irredento que nos caía tan bien porque todos hemos sido alguna vez adictos y no pudimos desengancharnos.
En el café las horas transcurren muy deprisa, porque en sus mágicos espejos se multiplican las figuras de maestros que velan por nosotros, por nuestros indeseados borrones, pérdidas de memoria, vacíos existenciales o creativos. Y nos llevan lejos, muy lejos, más allá de la bruma azulada y el misterio.

viernes, 27 de enero de 2012

"Las iglesias son para el verano, parte II

Me gustaría cantarle a mi padre con la lírica intemporal, gloriosa, de Jorge Manrique. Hablar de esos ríos caudales, y medianos, y más chicos, que van a dar a la mar. Pero el mar siempre me pareció dramático y esplendoroso, inabarcable, titánico, y provoca en mí ese miedo a la eternidad del que habla mi querida Clarice Lispector en una de sus crónicas. El mar corta la respiración y deja el corazón aturdido, con esa mezcla difusa de espanto, bienestar, ferocidad, repulsa y sentimiento de acogida.  Tal vez porque contiene tantos y tantos ríos de aguas revueltas y tranquilas, profundas y purísimas, porque contiene tanto lodo y tanto pez hermoso.
Con la lucidez del dolor, que crea horizontes esperanzadores y rellena espacios huecos para soportar su propio peso, recuerdo que ésta no es la única muerte que segó la vida de mi padre, aunque tal vez sea la definitiva. Él, como todos nosotros, sufrió varias muertes a lo largo de su vida. De algunas se repuso, de otras, creo que no. Algunas las desconozco, porque cada uno es dueño de sus propias muertes y a los demás sólo nos queda contemplar sus secuelas. Otras quedaron sumergidas bajo la capa de la soledad, tan fina y peligrosa como la capa de hielo que cubre en invierno algunos ríos, y finalmente mutaron hacia estados agudos del alma que no se curan con calmantes.
Mientras se cierran las puertas de la iglesia- mi querida iglesia de piedras berroqueñas, hermanas de las que labraron las manos de mi padre-y recibo los besos del pésame y los abrazos de la compasión, mi cuerpo se defiende, se recupera, confortado con el calor de los rayos de un sol suave como la miel de eucalipto, plantado en medio del azul profundo del cielo de Castilla, que es un mar disfrazado de cielo.
Las iglesias son para el verano, me digo, definitivamente son para el verano, o para la primavera, cuando pueden habitarse como auténticos refugios, y cuando ejercen una fascinación colectiva en las multitudes congregadas para celebrar el lado hermoso y los ciclos gozosos de la vida. Por eso, sobre las baldosas de piedra que piso y sobre los arcos abovedados que me cobijan llovieron tantas veces confites, arroz, pétalos de rosa, ramos de novia y besos de amor santificado. Por eso, y porque las iglesias son estaciones de paso, y nos permiten subirnos a trenes de largo y corto recorrido, y nunca nos parecen estáticas, aunque estén hechas de piedra y resistan el paso de los siglos.
Espero el último abrazo de mis paisanos después de acompañar a mi padre a su última morada, y entonces me encuentro con Alfonso y su jaula de ruiseñores forrada con tela a cuadros blancos y azules, como los paños de cocina. Alfonso es una persona entrañable, es como el personaje de Los Santos Inocentes, pero mucho más ingenuo y desvalido. En lugar de su Milana Bonita, él tiene pájaros cantores que cuida como si fueran sus hijos. Alfonso es un Paco Rabal, espléndido, aunque sin tanto desaliño, sin los pantalones atados a la cintura con una cuerda. Cuando veo que viene hacia mí extiendo los brazos, pero él me reservaba una sorpresa y un regalo más importante que el abrazo solidario. Alzó la jaula, la abrió ante todos los presentes y mirando hacia el sol de diciembre, dejó volar a la pareja de ruiseñores, jóvenes e impulsivos, con su plumaje pardo moteado, que debieron nacer en primavera. Le doy las gracias con lágrimas, que es la forma más sincera que conozco de dar las gracias, y luego estiro los brazos hacia el cielo, confiando en la bondad de la naturaleza.
Tal vez un día ellos serán padres, y volarán libres y criarán unos hijos sanos que alegrarán al mundo con sus trinos.

domingo, 15 de enero de 2012

Las iglesias son para el verano, parte I

Me gustaría tener el talento de Jorge Manrique para cantarle a la muerte de mi padre; pero como eso no es posible, lo haré a mi manera, escribiendo unas líneas que expresen alguno de los múltiples significados de esos "soplos" o revelaciones de la conciencia alterada que ocurren cuando alguno de los nuestros fallecen.
Mi padre murió un lunes de diciembre, cuando la Navidad estaba limándose las uñas para fagocitarnos con su estrépito, sus destellos instantáneos,  su lujo burgués adoptado y adaptado a los bolsillos con jaqueca. Él se libró de todo eso sólo por unos días. Se libró del cava, las uvas atragantadas, los empachos de parabienes, las heladas de la Meseta y las mafias de la publicidad atacando por la retaguardia, disparando hacia el núcleo de los deseos más o menos confesables.
Un martes destemplado le acompañé por última vez a la iglesia, mientras el aire helado rozaba los arcos del atrio con sus brazos barrocos y rudos. La iglesia era fría, yerma, como esas casas de fin de semana o esos refugios de montaña que, con su modestia franciscana, apenas dejan un resquicio por donde se cuela la esperanza y el calor de hogar. Aquel día hacía tanto frío, que no pude desprenderme del gorro de lana. Esa prenda protegía mi cráneo y me hacía sentir como me sentí hace mucho tiempo, cuando era una niña que salía a la vida con las orejas calientes y el alma inquieta. Tal vez te falté al respeto, padre, con mi gorro audaz, que abrigaba y confortaba como si yo fuera el hijo pródigo ungido a su regreso. Tú, que eras tan friolero, sabrás perdonar mi osadía.
Mientras el sacerdote leía versículos de Isaías y su aliento fluctuante se perdía entre los pétalos de los crisantemos, noté un dolor agudo en las costillas. Era el frío de la pérdida. Sentada en el banco compartido, duro e incómodo pensé. ¡La vida es tan rápida, y las manos son tan torpes para pedir, tan torpes para recoger, que voy a ser codiciosa, voy a pedir vivir despierta!


 

lunes, 2 de enero de 2012

Fragmentos

"Somos espejos; a veces somos espejos negros como los que utilizaban algunos pintores como Picasso para descansar la vista borracha de colores; a veces espejos transparentes que devuelven el reflejo nítido del que se contempla"

"Cuando noto que todo a mi alrededor flota como niebla espesa, como sonido agudo que presiona sobre los tímpanos y amenaza mi equilibrio, necesito salir de inmediato del empacho de mismidad, tocar las cosas con las manos, aferrarme a las personas, a todo cuanto contiene márgenes delimitados; necesito dejar de especular con las nubes, con esa coreografía confusa que no carece de encanto ni de falso movimiento, pero que esconde los peligros de los callejones sin salida, de las trampas con las que nos seduce la mente para enmascarar el vacío".

"Si la vida es una carrera de fondo, prefiero correr pensando que la muerte no es la meta,  sino una etapa a superar".

"El fuego destruye y purifica. La fuerza de la energía se expresa con una dualidad permanente".

"Tal vez no puedas enseñar a un niño a ser feliz, pero puedes aprender a ser feliz observándole".

"Para conocerte, necesitas hablarte de tú a tú. Sólo entonces tu espíritu superará las barreras, incluso las que tú mismo alzaste".