viernes, 23 de marzo de 2012

Finales cerrados, finales abiertos ( parte I)

El mundo se divide entre los que prefieren los finales abiertos y los que prefieren los finales cerrados. Aunque la vida no siempre permite elegir el tipo de final que desearíamos. Por el contrario, a veces nos impone finales precipitados como coitus interruptus, finales trágicos, previsibles o imprevisibles. Y luego hay que volver a comenzar. Sin comienzos no hay finales, como no hay noche sin día.

Algunos finales se preparan concienzudamente, otros se toleran con resignación, otros se padecen, otros se gozan. Nos llueven finales a diario, y no siempre llueven a gusto de todos. Y, pese al papel que juega el azar, la buena noticia es que podemos intervenir en el The end y ver cumplidos nuestros sueños. Incluso aquellos que soñamos cuando tenemos los ojos abiertos.
En literatura ocurre algo parecido, porque la literatura es un campo de pruebas de la vida, un laboratorio en el que se procesan ideas, experiencias, sentimientos, conocimientos y poco más. Las combinacíones resultantes son tantas como el número de escritores. Y en este segmento de la población también hay - cómo no- los que prefieren los finales abiertos y los que prefieren los finales cerrados.
Pues lo cierto es que los escritores perseguimos liebres, aunque no siempre las cazamos. Eso sí, a todos nos gusta verlas correr, avanzando por un entorno más o menos bucólico, huyendo de los depredadores, esquivando el tiro con su cuerpo elástico, su astucia y su velocidad proverbial.
Acabar un relato o una novela con un final cerrado es como cazar esa liebre esquiva, apetecible, atlética.
Pero hay ocasiones en las que a mí, particularmente, no me interesa conseguir ese trofeo, sino dejar correr la liebre, observar su comportamiento, su fatiga animal, detenerme en las escaramuzas, en los regates a campo abierto, en el suspense, la tensión y el fuerte vínculo que se establece entre perseguidor y perseguido. Me interesa ese momento único en que nuestras miradas se cruzan y comienza la persecución. Cuando ella, la liebre, me atrapa con su encanto de pieza única, con sus tiesas orejas, sus patas velocísimas, sus músculos entrenados. Durante un tiempo corremos en la misma dirección; luego se me escapa, luego aparece de nuevo tras un arbusto o en lo alto de una loma. Yo voy siguiendo su rastro estimulada por la adrenalina, con el arma pegada al cuerpo, sirviéndome del olfato, el instinto, la habilidad. Sabiendo que la liebre no sólo es la liebre, sino todo lo que representa: el ansia de libertad, la lucha por la supervivencia, la continuidad de un mundo poblado por hermosos seres veloces que nos retan.
Como cazadora vocacional, mi ánimo oscila entre el temor al fracaso y la esperanza en el triunfo. Lo cual no es malo, pues ese punto de tensión permite lanzarse al vacío y no morir en el intento.
Pero, ¿qué ocurre a veces? Pues ocurre que no quiero perderme nada y -juro que no lo busco de ninguna de las maneras, sino que simplemente ocurre- entonces yo puedo ser unas veces liebre y otras veces cazadora. Se trata de un desdoblamiento, o tal vez de una escapatoria. Quien escribe conoce sin duda los puntos de fuga, las dobles vidas y todos esos fenómenos paranormales que suceden de forma normal mientras escribimos. Se podría decir que, en un juego de identidades intercambiables aceptado de antemano, adoptamos otro punto de vista, otra identidad. 
Pues bien, desde el punto de vista de la liebre, ser cazada no es un final feliz. Y desde luego es un final previsible y hasta soso. Se ha cumplido un objetivo, lo cual está muy bien,  pero la liebre ha muerto. Punto final. Y el punto final duele a veces. En la literatura y en la vida.
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