sábado, 28 de marzo de 2020


Tareas para hoy

            
Hoy me propongo  ser solo hoy
y ya que la bondad se diluye
apenas aire, apenas risa  
acepto el amparo de tu piel,
mi derrota, mi merma
y el coágulo de vida que nos secuestra.
Acepto caer en mi propio cuerpo,
en la pesadilla de la desnudez.
En el amparo de la casa
en fragmentos que la calle desechó.
Acepto los letales cimientos de la noche,
su frondoso cabello negro.
Acepto la alegría de los cambios, y los juegos del verano.
Acepto la belleza. Es terrible la belleza, pero es bella.
Acepto a los ángeles burlones que me quitan la venda de los ojos.
Acepto mi propio pensamiento, aunque mute y traicione mi pasión. 
Mi mayor tarea es ser solo hoy
no hay truco para ascender esta cuesta diaria
soy una invitada que celebra,
la tarea más grata es abrir ventanas. 








Tomates verdes fritos

(Escrito en 2012, y reescrito en 2020. En homenaje a los que nos precedieron)

Cuando cruzo el umbral de la residencia tengo la sensación de estar recorriendo los pasillos del metro, caminando bajo tierra en dirección a mi vagón. Un vagón de metro que tiene un final de trayecto, una luz y una calle que me espera con los brazos abiertos.
Pero al contrario de lo que ocurre en el metro, aquí reina el silencio y el olor acre de las flores marchitas. Y la luz procede de una ventana estrecha, más allá de la cual transcurre la vida.
En esta residencia, y supongo que en la mayoría de residencias de ancianos, las cosas funcionan a dos niveles : visita-residente, fuera- dentro, silencio- ruido, aceleración- ralentización, lucha- aceptación, presente- pasado...
Todo enmarcado como las viejas fotografías familiares de Juana que disputan espacio en la mesita de noche a María Auxiliadora o al Papa Benedicto. Todo enmarcado, como los horarios de visita. 
Pensar aturde. Lo siento, pero este lugar parece hecho a propósito para pensar, porque aquí el tiempo, pese a estar envasado al vacío, produce una oxidación escandalosa, un encapsulamiento, una burbuja de aire rancio de botica. Porque aquí el silencio produce calambres en el estómago, como el hambre. Y me hace recordar a aquella viejita que en un relato de Clarice Lispector se perdió en el estadio de Maracaná y que, cuando finalmente logró llegar a su casa, superando la pesadilla de caminar en círculo sin apenas esperanzas, en lugar de encontrarse a sí misma- pues esa búsqueda obsesiva por el estadio exigía un encuentro- se encontró con la muerte.

Pero me estoy precipitando, y la palabra precipitación no tiene mucho sentido cuando una se mueve entre sillas de ruedas y ojillos que en lugar de mirar interrogan. Creo que lo mejor es tratar de adaptarse a su ritmo, un ritmo extremadamente lento que me impacienta y me hace ir de un lado a otro como si buscara algo que en realidad no he perdido- ¿busco la vida? ¿la elemental, bulliciosa, luminosa vida que todos merecemos?-
Está claro: necesito quitarme los tacones y las prisas y calzarme las zapatillas de andar por casa, ponerme las cristales de ver despacio y flotar en esa atmósfera húmeda, de aerosoles y lacas caducadas en las que cristalizan mariposas moribundas con las alas extendidas como un grito.
Mientras voy al encuentro de Juana siento que mis pies resbalan, que mi cuerpo sufre una especie de vértigo o de sueño pesado. Es la sensación de contemplar el agua tras el cristal de un acuario, un grueso cristal algo sucio tras el cual se vislumbran sombras lejanas, líquenes, peces- escoba boqueantes y unos cuantos y exóticos peces tropicales vivitos y coleando que se desplazan con su delicado cuerpecillo para emprender su labor de calceta, para tejer bufandas, o crucigramas, o sueños. En esa gran pecera algo escasa de oxígeno, otros pececillos besan con sonoros besos ensalivados las mejillas sonrosadas del nieto, y otros se dirigen al rincón de lectura y se sientan junto a una ventana para recibir los últimos rayos de un sol paternal y egregio.
Pues no todo es agonía, escasez o desamparo.  Algunos abuelos me reconocen y me saludan con una alegría mansa, sin nostalgia, de persona a persona, y entonces cesa la lucha, el dolor se alivia. Me quieren. Los quiero.
Los últimos recelos se desvanecen: ahí está Juana, sonriendo y esperándome como cada tarde. 
Hoy luce un collar de cuentas de cristal. Tan digna, tan radiante como si luciera la tiara de esmeraldas de la reina Isabel de Inglaterra. Le pregunto quién se lo ha regalado y una vez más calla y sonríe, protegiéndolo con sus dedos torcidos, con sus manos moradas. Tengo que admitir que su actitud me desarma, que su silencio me angustia. En el silencio creo percibir una acusación velada, una queja sin formular que pende sobre mi cabeza.
Pero el consuelo llega cuando percibo su necesidad. Su necesidad es al mismo tiempo mi amparo. Siempre que visito a Juana recuerdo a aquel delicioso personaje interpretado por Kathy Bates, y la transformación que se operó en ella tras las visitas a Nanny, una anciana con un pasado sorprendente. En esa enternecedora película, las dos historias transcurren paralelas: por un lado, el relato de una vida que toca a su fin y por otro, el de alguien que al fin toma las riendas de su vida.
Sin duda, a muchos nos gustaría encontrar a alguien que ilumine nuestra existencia antes de que su vida se apague como una vela. Encontrar un lucero en la noche oscura, tal como le ocurrió a la protagonista de "Tomates verdes fritos".
En sus visitas a la anciana de pelo blanco que escondía terribles secretos, ella le llevaba pastas caseras, además de aquellos deliciosos tomates verdes fritos que le recordaban su juventud en Alabama.
Yo, cuando no puedo ofrecerle algo más dulce, le ofrezco bombones a Juana. Mientras los saborea cierra sus ojos cansados, todavía tímidos, y se deja llevar por las sensaciones en silencio, como si meditara. Todo lo importante se saborea en silencio y con los ojos cerrados. Cuando Juana saborea un bombón, maneja información privilegiada.
Un día le llevé una revista. A Juana siempre le gustó leer. Pese a que ignoraba si en ese momento de su vida la lectura le causaría el mismo placer que antaño, deseaba romper de alguna manera su silencio. El primer titular que leyó trataba sobre una visita de la princesa Letizia a un jardín de infancia. "Letizia lee un cuento a los niños", leyó Juana de un tirón. Me gustaba verla de nuevo interesada en la lectura. O eso me parecía. Ella juntaba las letras de manera elegante y efectiva, con matices que dejaban entrever cierta emoción. Su voz era nítida, como la de alguien que reflexiona y comprende lo que dice. Cuando acabó la breve lectura le comenté, ansiosa por restablecer la comunicación con ella: "¿verdad que es guapa, la princesa?". Ella se pasó los dedos arrugados por los blancos rizos de su cabello y luego me miró con cierto desdén o desaprobación. Entendí entonces que no necesitaba recalar en lo obvio, ni entretenerse lo más mínimo con hechos circunstanciales. Ella tiene asuntos propios a los que debe atender con urgencia, asuntos de su alma y de su incumbencia que la llevan la mayor parte del día, y que no deben ser interrumpidos. Ése era el mensaje.
Así pues, no pude dialogar con ella a partir de su lectura, que era lo que yo había buscado. Establecer un puente de contacto, un vagón compartido.
Ella seguía en su silencio y yo no debía forzarlo.
El silencio, en general, tiene mala reputación. Tal vez quien teme al silencio teme a la nada-incluso en el caso de que la nada no sea tan solo una creación de nuestras mentes excitables e inseguras-
Y antes de que la nada/silencio nos separara como un abismo insalvable, abrí de nuevo la revista y la invité a leer un anuncio sobre aparatos de aire acondicionado. "Mitsubisi. El silencio", dijo con rapidez obediente, y luego se sumió de nuevo en sus cavilaciones, sin duda más interesantes que las veleidades de este mundo que seguramente dejó de preocuparle hace tiempo.
Di por hecho que ni le importaban ni las princesas ni los aires acondicionados, y que ya no tenía que encargarse del mundo porque el mundo lo sostienen o lo manejan otros, a Dios gracias (esto último ya era más de su cosecha que de la mía)
 "Muy bien, Juana", le dije, aceptándola como era, amándola tal como era, solidarizándome con su silencio.
Te entiendo, Juana. El silencio resulta tan excepcional, que necesita pedirse como un favor o una merced, con el dedo índice en los labios o con un siseo que adormece como una nana cantada con arrobo.
Nunca más el silencio, tu silencio, volverá a angustiarme. Porque callar no siempre es otorgar.
Callar es un deber, pues necesitamos que el silencio fecunde nuestras vidas.
Callar también es un derecho, y Juana luchó durante ochenta y ocho años por conseguirlo.


domingo, 22 de marzo de 2020






Inmortal semilla

Tan viva la semilla abandonada

tan cálida la celda decorosa

que la lenta raíz de flor morosa

alzará su casa enamorada.


Discurso silencioso, la quebrada

temblor de minerales que reposa

boceto de espino o de mimosa

abrirá la vida, esperanzada.


¡La vida luce su obstinado empeño!

lluvia, sol (enraizar, resurgimiento):

lo grande brotará de lo pequeño.



Semilla invencible, los talentos

fiarán sus cosechas a los sueños

trenzados en la rosa de los vientos.


viernes, 11 de octubre de 2019


Nocturno

La noche eleva sus murmullos
en oscuras capas
en cerraduras inviolables.
Está la ventana abierta
en el aire, los jazmines.
Los secretos del alma
se deslizan entre mis párpados
que tiemblan de sueño.
Comprendo y olvido
el libro de signos
anterior a la palabra.
La noche me ungió
para abandonarme en su silencio temible
líneas que trenzan cristales en la piel de la serpiente.
Estoy a merced de lo oscuro.
Cae como piedra la noche en mi corazón
llega hondo
el rojo disparo
de los cielos negros.
Amo la continuidad de las luces
que cuelgan como guirnaldas de la montaña
con sus casitas ahora dormidas
y el pudor de sus habitantes, que cierran gabinetes.
Noto en mi cuerpo el movimiento del agua.
El mar llega hasta mí con su lascivia
y turba mis sentidos como lengua violenta.


domingo, 6 de octubre de 2019



Desterrados

Buscando su pan y su arraigo,
huyendo de algo
que juega con ellos
como juega la luna con las mareas.
Ensayando una tregua
entre dos vidas,
caminando con la flor de la nostalgia
en sus pies sin bendecir,
cantando como la alondra
en el jardín abandonado.
Rezando su inútil plegaria
que sucumbe ante las leyes.                            
Sobrevolando miserias:
círculo sordo del vencejo
que se opone al remolino.


lunes, 30 de septiembre de 2019



Infancia
Mi infancia son horas,
días inmensos
de flores narcóticas en las paredes.
¿Qué blanco pájaro se posó en mi lengua
qué tristeza en mis lunas?
La visitación del ángel era incierta
y el barro en los zapatos, un mapa ciego
 en el vasto tejido de la tarde.
El viejo despertador rompía el silencio
y lo clavaba en mi pecho transparente de dolor.
Todo era ausencia o sobresalto
para mi corazón sin vacunar
Aprendía de las ventanas sucias
la gravedad de mi sexo denostado,
el fugaz resplandor, la caída
ante el consejo de ancianas
que marcaban con cruces de ceniza
a las que se entregaban en el pinar.
Yo esperaba la manzana primera
deseaba el mordisco
no la diadema de malvas, no los aros del sostén.