miércoles, 11 de mayo de 2016

Todo empezó con un SI

Creo en la vida, en las oportunidades que nos brinda, en las ofrendas con que nos obsequia, a pesar de que a veces muestre su cara más cruel o esas muecas disparatadas que son portada de diario e imagen de agencia.
Un nacimiento, además de un milagro, es un SI rotundo, una afirmación tajante y esperanzada. El recién nacido asume ya desde la primera inspiración el reto que conlleva. Llega a esa atmósfera sombría donde su instinto apenas sirve para sobrevivir, superada la travesía casi siempre dificultosa del parto. Todo queda suspendido en ese acto sublime del corte del cordón umbilical.
Entonces la obra, la verdadera obra, se inicia lentamente. La madre ejerce de maestro de ceremonias, lo arrulla, lo acaricia, lo anima, acepta el hecho de que ha dejado de ser suyo y en esta muestra de generosidad inigualable, se cumple.
El bebé necesita un tiempo para que sus funciones vitales se acomoden, y esto también incluye a su espíritu, a ese alma que empujada por la necesidad, decide encarnarse.
Pronto, un foco potente de miradas y claridad hospitalaria le señala con dedos de luz, le convierte en protagonista de una obra desarrollada durante milenios, mientras él, encerrado aún en su concha de nácar, balbucea o se queja con un lenguaje de pompas. Es vulnerable, pero es también completo, pues se realiza en el SER, mucho antes de conjugar cualquier otro verbo que le ligue a obligaciones, pertenencias, preferencias, etc.
Lo de la felicidad del infante es un mito que se han encargado de transmitir voces poco analíticas, que confunden a esa criatura con un objeto orgánico que sólo reclama la satisfacción básica de sus necesidades y que lo sitúan en un contexto casi inalterable de ciclos diurnos y nocturnos. No hay más que observar atentos para apreciar que no es tan simple. Todo su cuerpo es una central que registra las mínimas alteraciones de temperatura, sonido, tacto, etc. Ahora necesita comunicarse, debe hacerlo en un medio hostil y sólo dispone del llanto para hacerse entender. Se asusta, trata de acomodarse, de desentumecer su cuerpecillo hostigado por las contracciones. Su garganta emite un sonido gutural, mezcla de desconcierto y queja. Ya no hay modo de volver atrás. Lo que se ha iniciado debe continuar.
Empieza la rueda de reconocimientos. Emotiva, con participación de todo el público. Y ahí está él, en su esplendor cenital, abrazando el peso del linaje como un gran anillo que lo moldea, lo constriñe o lo envuelve amoroso como la manta que le da la medida aproximada de las limitaciones de su persona. Hay que creer en la sencillez de los milagros que ocurren a diario para comprender la complejidad de ese ser que ha superado con una voluntad admirable la principal barrera que lo separaba de la vida, y que se dispone a avanzar con las mínimas herramientas de los sentidos y el cobijo que la piel siempre concede.
(Imagen tomada de internet)

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