miércoles, 15 de febrero de 2012

El señor Keuner y el café de los espejos.

Se preguntaba Bertolt Brecht, en voz de su astuto y cortés personaje el señor Keuner: "¿Cuáles son los mejores hijos? Y acto seguido respondía : "los que hacen olvidar al padre". Hablaba sobre el estilo en literatura, que es como hablar sobre el estilo en la vida.
El señor Keuner sería un buen partenaire en el "café de los espejos"- que me perdonen en Marrakech, donde hay uno precioso, coqueto y oriental- pues aquí también tenemos un lugar mágico, recoleto y sin malos humos donde un pequeño grupo reflexiona y se interna por un camino sin atajos, buscando avanzar a través de la palabra, sin compromiso, como si se tratara de un paseo, mientras en los espejos flota una leve bruma azulada, el vapor clamoroso de la cafetera y el aliento excitante de la aventura. Este grupo de valientes acepta retos temerarios, se despoja de bufandas y prejuicios y frente a una tetera panzuda ve desfilar personajes tan reales que prestan su energía y su voz, su mirada y sus ansias de sobrevivir, de perpetuarse en el recuerdo como si se tratara de un pariente cercano, el más querido de todos. En esa atmósfera de sueño, en esa ausencia del mundo, de tanto en tanto aparecen los objetos perdidos que todos buscamos afanosamente en el fondo de nuestra alma.
Ellos, el pequeño grupo, no sabe -o tal vez sí, tal vez sospecha ya- que su búsqueda y sus incertezas son también las mías y que sus hallazgos nos acercan cada vez más a una libertad deslumbrante, sólida como sólida es la libertad en estado de gracia.
El estado de gracia puede ser un estilo de vida; al menos, yo desearía que se convirtiera en un estilo de vida. Comprendo también que el estado de gracia tiene carácter efímero, y por eso lucho- luchamos- con todas nuestras fuerzas para prolongarlo. En este café ensayamos para lograrlo, como se hace con las buenas obras de teatro. El estado de gracia necesita un buen atrezzo y un elenco de actores de primera fila. Y por suerte, disponemos de ambas cosas. Por nuestro café desfila un Borges con sabor a yerba mate que un sábado nos dejó boquiabiertos con su disco de un solo lado, que sólo en las manos de un descendiente de Odín conserva su magia. Y desfila de vez en cuando Sepúlveda, que porta la taza del amargo café del desencuentro, y también Sherwood Anderson, quien nos sirve manzanas al horno, pero no unas manzanas cualquiera, sino esas arrugadas manzanas de Winnesburg que conocen y aprecian los que aman sin sobresaltos. Sobre la mesa de formica llena de papeles, cuentos y proyectos de cuentos planea la sombra burlona de Javier Tomeo, mientras fuma en su pipa de espuma y nos habla, socarrón, de hombres y mujeres que tropiezan, padecen reúma y son asimétricos, o decididamente monstruosos, de hombres y mujeres que producen ternura y/o asco, y de sus muñones ensangrentados, de sus almas mutiladas y listas para salir a la vida. Cortázar, el gigante Cortázar, sabe a café melée tomado en el Bateau-Lavoir mientras contempla extasiado a las señoritas de Avignon o mientras cruza el Sena junto a la Maga. Clarice Lispector sabe a bombón nadando en licor de cerezas, a niñas sabias sentadas en un alto taburete giratorio degustando un batido de chocolate con su papá frente a la barra brillante como la plata de los domingos . Chejov es un gran reconstituyente, una bomba antioxidante, como se dice ahora, que debe tomarse a menudo y en dosis pequeñas, como si se tratara del licor ardiente que toman los hombres de la estepa rusa. Hombres que conservan en su boca el sabor de los besos equivocados, besos que transformaron al soldado de su cuento. Sergi Pámies sirve un gintonic bien cargado a aquel borracho irredento que nos caía tan bien porque todos hemos sido alguna vez adictos y no pudimos desengancharnos.
En el café las horas transcurren muy deprisa, porque en sus mágicos espejos se multiplican las figuras de maestros que velan por nosotros, por nuestros indeseados borrones, pérdidas de memoria, vacíos existenciales o creativos. Y nos llevan lejos, muy lejos, más allá de la bruma azulada y el misterio.
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