viernes, 7 de diciembre de 2012

Los tulipanes son siempre un buen comienzo



Fragmento de la novela "Los tulipanes son siempre un buen comienzo"



..."Tampoco Lucía tenía mucho en común con aquel personaje desbordante, pero es que él ya no deseaba que las mujeres le engulleran como engulle la fuerza aplastante de una desgracia. No. Lucía no era así, pensó con un orgullo decoroso. Pero, ¿quién era Lucía, una embaucadora o un alma blanca, serena, tal como la vio aquella tarde junto a la ventana de la cafetería de la Audiencia?
Absorto en sus reflexiones casi había olvidado que la muchacha se marchó hacía tiempo, y se dispuso a buscarla por toda la casa. Se dio cuenta de que el corazón le latía muy deprisa, mientras subía y bajaba por las frígidas escaleras, y recorría las salas preguntando al personal de servicio si había regresado.
No, nadie la había visto volver, le contestaban. Y con cada no, la sangre acudía a su rostro como una bofetada que lo hacía arder como el rostro de un muchacho enamorado.
Su preocupación era absurda, lo sabía muy bien. Le producía un cansancio gratuito, como los delirios de un  demente. Pero todo era cuestión de organizarse: se mantendría ocupado ordenando papeles en el despacho y cuando llegara por fin Lucía – si es que llegaba- disimularía tan bien, que ella creería que había sido un día sin sobresaltos. Le encontraría tranquilo, fumando en pipa, distraído en ese placer lánguido y noble, y su zozobra sería neutralizada por el grato aroma que perfumaría el aire.
Y como si la casa fuera cómplice de aquel devaneo insufrible, miró incluso en los rincones, en la oscura despensa, en zonas muertas donde no llegaban a veces ni las escobas. Finalmente, acabó en el estudio de pintura. En ese momento, su hijo estaba concentrado en rellenar uno de aquellos lienzos figurativos en los que perdía el tiempo. Su dedicación y su arrobo le parecieron en ese momento un despropósito.
- Lucía está tardando en volver. No sé qué le habrá pasado- dijo, jadeando.
Augusto dio un nuevo brochazo, descargando la brocha con el rigor con el que un director de orquesta maneja la batuta.
- No te preocupes, ya es mayorcita- le contestó, de espaldas a su padre.
De nuevo los dos enfrentándose en silencio. Y de nuevo la respuesta del hijo victorioso, ciego de gloria".

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