miércoles, 12 de diciembre de 2012

Los tulipanes son siempre un buen comienzo, II


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Por la noche, un conjunto de melodías caía sobre el pueblo rompiendo la oscuridad en miles de notas que convertían la noche en un pasaje fácilmente transitable.
Como si hubieran estado esperando el ocaso del sol, se alzaban de pronto las notas excitadas, rabaneras, lujuriosas, estridentes, amables, sobre las calles de asfalto ardiente, sobre las casas, cuyas terrazas se convertían en dormitorios improvisados, en comedores, en luengos salones donde la conversación flotaba perezosa.
Lucía sentía que se debilitaba ante la música. Era ésta una debilidad porosa, reparadora, semejante a la producida por el sueño. Cualquier compás era capaz de rodearla como un cinturón de seda invisible, con la fuerza centrífuga, absorbente, de un movimiento dirigido a transformarse hasta hacerse eternidad. Incluso aquellos sonidos que empleaban el recurso fácil de la repetición monótona y el regalo al oído y que parecían hechos para la rápida consumición, tenían la capacidad de influir en su estado de ánimo.
La música era una arrebatadora promesa de desvanecimiento, de disolución, la mágica alfombra que le permitía volar y sentirse parte del aire. La ingravidez, la ausencia de peso, de vacilación, el disfrute del alma liberada. Salió al balcón del dormitorio presa del encantamiento musical y se quedó un buen rato suspendida en las vibraciones, en la alquimia instantánea de la sinfonía, esperando anhelante el familiar diálogo de los instrumentos, la batería final de las notas en cascada.
Al llegar este momento giraba sobre sí misma y volvía con el propósito de compartir con Augusto esos instantes. Pero ahí estaba Augusto, desnudo, bello como un Cristo yacente sin heridas en el costado. Con las manos crispadas protegiendo su sexo. Cuando dormía, Augusto ponía las manos descansando entre la almohada y su cara, o bien sobre el sexo. Sus zonas más vulnerables. Estuvo tentada de ir a buscar la cámara y hacer una foto, pero se contuvo pensando que el flash le despertaría. Además, casi nadie quiere que le hagan fotos durmiendo. Tal vez esas fotografías despierten en algunos la repugnancia a la muerte.

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