martes, 5 de febrero de 2013

Fragmento de "Los tulipanes...."


La esfera del reloj se abombaba. Una mezcolanza de aromas lo envolvía en el brumoso paraje de los sueños mientras sonaban los acordes del “Benedictus”, de la “Misa in angustiis” de Haydn en los auriculares que su padre llevaba en las orejas.
- ¿Te vas a morir ya?- le preguntó Augusto con una mezcla de terror y alegría.
- Cuando yo me muera, me moriré para toda la vida- le dijo su padre, acariciándole de nuevo la cabeza y borrándose de su sueño.
Así fue como despertó. Despidiéndose poco a poco de aquellos deliciosos monstruos que escenificaban su tragedia y sus cuitas como púgiles en un cuadrilátero que se desmantela poco a poco, dejando un rastro seco y espeso en la lengua, mientras los primeros rayos del sol invaden la habitación y se funden en los párpados pesados.
De ese sueño, como de la mayoría de los sueños quedaba muy poco, pues una buena parte había sido rastrillada eficazmente hacia el oscuro rincón del olvido. Y ahora sólo le quedaba, fresca e inestable como un flan de gelatina, la imagen de aquel niño que esperaba con paciencia la claudicación, el descuido o la muerte del padre para robarle su hermoso reloj de pulsera, y detalles en apariencia banales pero cargados de significado, como los zapatos lustrosos, que brillaban con el fulgor repentino de los petardos de la víspera de San Juan, y el olor del prostíbulo en su ropa, y ese gesto familiar y tantas veces repetido de rascarse el dorso de las manos. 
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