viernes, 18 de enero de 2013

Fragmento de "Los tulipanes son siempre un buen comienzo"


Lucía dio un paso al frente como si se dispusiera a salir. Su mirada se había ensombrecido. Observaba con atención al hombre que tenía delante, aunque  no era la primera vez que lo veía. De nuevo le pareció una persona excéntrica, solitaria, que poseía una elegancia marchitada por el escepticismo y la impaciencia.  Llevaba un traje gris claro y parecía refugiarse en la holgada chaqueta, navegar en las profundidades de las costuras y en la instantánea suavidad del forro, y de alguna forma su esqueleto se presentía a través del traje, en una penosa intensificación de su flaca anatomía. Poseía un rostro enteco, anhelante y áspero que sugería una implacable actitud de avaricia. Un rostro algo feo, aunque con una fealdad interesante, al estilo de los feos del Hollywood de su época, de un Belmondo, o un Anthony Queen.

Lo que él creía haber vivido hasta entonces con las mujeres era algo parecido a un choque, un brusco encontronazo en el que, irremediablemente, uno de los dos o los dos a un tiempo perdían algo. En cambio, con Lucía se abría una posibilidad de encuentro. La armonía, la suave persuasión de la belleza le permitía abandonarse sin reticencias. Nadie ama la belleza con el entusiasmo de un feo. Y él lo era, poseía una fealdad oscura, avarienta, unos ojos hundidos que transmitían una impúdica necesidad de dominio y una boca formada por unos labios brillantes y lujuriosos. Era delgado, y aunque antaño fue un musculoso campeón de waterpolo, ahora toda esa fibrosa anatomía se aflojaba; para contrarrestarlo, él se  obligaba a mantenerse erguido, fantaseando con la posibilidad de permanecer por siempre lozano. Para su consuelo, poseía una agilidad sorprendente para desplazarse de forma inadvertida, casi con la impunidad de un fantasma.
La mayoría de las mujeres le habían rechazado de forma instintiva- excepto su esposa ya muerta, a quien seguía recordando siempre afligida, y sin otra cosa que ofrecerle aparte de su existencia anodina-. Esto le provocaba un desánimo y una tristeza de los que procuraba evadirse con las continuas actividades a las que le obligaba su profesión.


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