martes, 28 de enero de 2014

Sobre vuelos y destinos

Hacer de cada pequeño inconveniente un pequeño drama se está convirtiendo en una costumbre muy poco o nada recomendable. Con los sensores funcionando al máximo para detectar anomalías se pasan de largo algunos detalles positivos, sencillamente porque estabas ocupado compadeciéndote, quejándote de tu mala suerte.
Hoy estuve a punto de perder un vuelo desde Londres y de pronto el día apareció ante mí como un viacrucis: todas y cada una de sus horas encajaban como piezas ensambladas perfectamente a condición de que cogiera ese avión. Pero una serie de contratiempos estuvieron a punto de dejarme en tierra. Y hubo un momento en el que flaqueé, perdida en mitad de aquella sala laberíntica del aeropuerto, con paneles que señalaban confusas salidas y entradas, un momento en el que me pareció que todo se confabulaba contra mí, como si las leyes o el caos que rigen el mundo no tuvieran nada más interesante que hacer que amargarme la existencia.
Pero siempre, vayas donde vayas, hay buenas personas, pensaba mientras corría por los largos pasillos del aeropuerto de Gatwick. Y desde luego que las había, que las hay. Alguien hizo una llamada y pude tomar por fin ese vuelo; el pequeño drama que sólo existió en mi cabeza se diluyó entre las nubes de aquel cielo que casi podía tocar con mis manos. Quién sabe: tal vez todo ocurrió para mostrarme que no puedo estar enfadada con el mundo ni llevar puesta la arruga del entrecejo, porque tengo mucha suerte, pese a todo. Y lo que es mejor, para enseñarme que los sensores también sirven para detectar esos momentos amables, y para volar con confianza y con mis propias alas.
¿Tiene esto algo que ver con el destino?
Tal vez. El destino es incontrolable, y lo único que podemos hacer es dejarnos llevar.


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