viernes, 9 de septiembre de 2011

"El jengibre y las naranjas de Matisse II

Los pósters son un "invento" actual creado para atraer la atención de un potencial cliente. Nada nuevo bajo el sol. El exhibicionismo y la comida siempre fueron de la mano; pero si lo que buscamos es arte culinario, además de visitar uno de esos magníficos restaurantes en los que sirven "platos de autor", o en los que los chefs más exigentes se inspiran en famosos bodegones para prepararlos, podemos echar una ojeada a las magníficas pinturas que tienen como tema central los alimentos, alguna de las cuales despiertan en mí esa alegría ingenua de lo transparente. Cuando miro esas esferas lustrosas y llenas de vitalidad  creo escuchar los ecos de las voces de Clarice Lispector cuando, ante las jatibucas que hacían cloc-cloc-cloc no sabía si tragar los corozos y entonces imaginaba que Ulises, el perro, le respondía: "Mangia, bella, que ti fa bene". Los bodegones comenzaron a pintarse en el siglo XVII, en Amsterdam. Adornaban las paredes, y la gente los contemplaba, imagino, con un interés que iba más allá de lo estético, puesto que la fruta no circulaba con facilidad por las mesas. Caravaggio fue un pionero, colocando en una cesta una fruta que, de tan agreste y tan sana, parece al alcance de la mano. Rembrandt, y Monet, y Picasso, y Mattisse, y tantos otros pintores plasmaron en el lienzo, además de la belleza, la opulencia y una esperanza virgen en el contacto con la tierra , el cielo y el mar
Porque la comida es uno de esos placeres en los que participan todos los sentidos. Por eso, a veces creo que la antítesis de los McDonald's no son los restaurantes de alta cocina, sino los "woks". Supongo que exagero, pero lo cierto es que esos espacios, por lo general amplios, tienen un aire a la vez solemne, pródigo y kistch. La abundancia, que suele ser circunstancial, parece allí permanente, como si se tratara de una versión moderna del bíblico maná; los manjares consumidos se restituyen casi de inmediato, con una discreción admirable. Los camareros sirven las bebidas pero no preguntan, los dueños cobran y dan las gracias con humildad y una sonrisa que parece franca y agradecida.
La vida es bella cuando los dones se ofrecen con esplendidez, con la armonía de los volúmenes y la exuberancia de las formas, el colorido de las frutas y verduras, la crudeza y la sofisticación del mar, la generosidad de la tierra caliente, de las raíces prolíficas, de los tallos y hojas por los que circula la savia.
Con la comida no sólo incorporamos los nutrientes necesarios para sobrevivir, sino también la fuerza y el valor, la energía de esa luz transmutada en alimento. Para pedir, abrimos la boca y, en este sencillo, casi pueril gesto, exorcizamos el hambre, exigimos, si es necesario, para que el hambre no nos aniquile. Abrir la boca es permitir que algo más sólido y nutricio que el aire entre en nuestros cuerpos. Nuestros músculos, quién sabe si también nuestros pensamientos, están hechos de la misma sustancia de lo que consumimos y/o nos consume. A veces incomoda pensar que las fibras sangrantes del cordero, o del cerdo o del pollo forman ya parte de nuestras propias fibras. Y que, incluso si eres vegetariano y sólo tomas soja o proteína vegetal, tus genes conservan la memoria ancestral y primitiva de la caza y la pesca, de cuando matar, como comer, era imprescindible para seguir viviendo.
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