viernes, 4 de noviembre de 2011

Mi hermano el bailarín, parte II

Cuando salimos del teatro, mi hermano me preguntó:
-¿A tí cómo te va?
- Bien- le mentí, con la mejor de las intenciones.
Él me miró preocupado. Ser sincera con alguien que te conoce tan bien es difícil. Sin embargo, me he dado cuenta de que la sinceridad a veces no tiene tanta importancia como la coherencia. Y yo era coherente con el papel que desempeñaba en mi familia. Soy la primogénita, la más fuerte, la primera que salía de casa para ir al colegio, la que apenas se lesiona. Si aplicaba la coherencia a mi vida, tarde o temprano regresaría a mi estatus privilegiado.
El azar y la herencia genética son los Reyes Magos que reparten dones. Pero, para que circulen como moneda de cambio, deben ir acompañados del estímulo. Y al estímulo le corresponde cierta osadía, aunque sea la osadía de los tímidos, como es el caso de mi hermano.  Claro que él juega con ventaja: tiene, además, la lucidez de la intuición. Así cualquiera.
Siempre he sentido por mi hermano un gran afecto y también un poquito de envidia. El pequeño truhán, con sus caídas y su carita de ángel llamaba la atención de mis padres. Era considerado, era amable y, lo que es peor, parecía un animalito desvalido.
La envidia es un tapón que enturbia o paraliza la corriente de afectos.Pero cuando la soledad y la distancia duelen, cuando uno es capaz de superar los obstáculos con que nos asedia el amor propio, entonces la envidia se diluye como la sal en agua caliente.
Hablamos de mil y una cosas mientras cenamos. Hablamos de la época en la que le gustaban las películas de catástrofes. Catástrofes aéreas- Aeropuerto-, de amenazas nucleares- no recuerdo ninguna en este momento- de amenazas extraterrestres- Mars Attac-o marinas- Abiss- o de virus mutantes- Ébola-Mientras recuerda su antigua afición, sonríe con nostalgia:
- Cuánto tiempo ha pasado desde entonces- Dos arrugas, finas y verticales se dibujan en su entrecejo-Aún no conocía a Pina Bausch, ni había actuado en la Ópera de París, pero ¡Cómo me gustaban aquellas películas! El héroe  pasaba mil fatigas hasta que triunfaba sobre la adverdiad- Tomó un sorbo de vino. Era un vino caro, francés, que pagaba él, como el resto de la cena- Por supuesto, me identificaba con el héroe- prosiguió-. El mundo podía caer hecho pedazos, pero el héroe nunca moría- Excepto James Dean, que no hacía películas de catástrofes, pero que me gusta más que ningún otro actor- Hizo una pausa, se mordió el labio superior tal como hacía de pequeño, poniendo cara de conejo- Creo que esas películas me adoctrinaban para el futuro- Me miró fijamente, como si estudiara mi reacción- La danza es antinatural, tan antinatural como las desgracias sin fin que le suceden al protagonista.
Iba a decirle algo, pero él me pidió que callara con un gesto de la mano, y luego añadió:
- La danza nos redime de la imposibilidad de volar, pues no poder volar es una verdadera tragedia. Yo vuelo a veces, siento que me libero del peso de la vida, siento que voy de vacío en vacío para llenarlo con mi cuerpo. Pero hay que pagar un alto peaje por ello- continuó- salen ampollas en los pies, padeces bursitis, fuerzas tu cuerpo hasta deformarlo... es lo que tiene traficar con los propios sueños- mojó los dedos en un lavamanos con gotas de limón y pétalos de rosa flotando en el agua-
Se levantó de la mesa para ir al lavabo y yo le seguí con la mirada. Había ganado autoestima, dinero y dinamismo, pero algo en él había muerto para dar paso a un hombre nuevo. No sabría decir de qué se trataba, pues es difícil calcular lo que se pierde en el camino hacia la gloria. Pero no importaba: me gustaba tal como era, me gustaba tal como fue.
Cuando me quedé sola me di cuenta de que se había dejado sobre la mesa una agenda. Tal vez lo hiciera a propósito, para tentarme. El caso es que sentí curiosidad, y la curiosidad me volvió osada. Deseaba husmear en su intimidad, descubrir tal vez una zona oculta y emocionante que arrojara más luz sobre mi hermano y, cómo no, sobre el secreto de su éxito.

Lo que encontré fue una revelación para mí. En la primera página había una simple anotación escrita con rotring negro. Llevaba la fecha de ese mismo día, y tenía la letra menuda y redonda que yo conocía perfectamente. "La distancia no es el obstáculo. El obstáculo es la desidia", leí.
Sentí una alegría tan grande, tan inesperada, que golpeó mi corazón con fuerza y me impulsó a asirme de inmediato a esa cuerda, uno de cuyos extremos sujetaba con fuerza mi hermano. Saqué un bolígrafo del bolso y escribí debajo, con letra bien grande, para que no lo pasara por alto: "Pero vamos a ponerle remedio. Estamos en ello, querido hermano".





















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