sábado, 3 de septiembre de 2011

Esto no es una road movie

El sol curte con sus rayos insidiosos la piel de toro, las sienes palpitan con la presión de una atmósfera pesada y densa. Es agosto, y posiblemente sea el día más cálido del año. El suelo parece estrecharse, tensarse como un arcaj, y nuestros cuerpos se nos antojan flechas que saldrán disparadas al vacío de la tarde de verano. Nuestro corazón es un puño que golpea en el pecho a destiempo. Y entonces, extenuados pero cargados de ilusiones, iniciamos nuestro viaje.
El paisaje se extiende ante mis ojos provocando esa borrachera de verdes que deja mi cerebro en punto muerto, vencido por la belleza que se desplaza ante mis ojos como una postal viva. Montañas azules, metáfora lejana y palpable de la soledad, naves industriales que miran con sus múltiples ojos facetados, hoteles con nombres exóticos, de severas fachadas cuadradas y promisorias, la discoteca Bluemoon, plateada como una noche metálica, antenas de radio, fábricas cuyas chimeneas escupen al cielo salivas asperjadas y gases lacrimógenos.... Desde la distancia, Montserrat es una gran boca de tiburón con innumerables dientes de granito. Treinta y nueve grados, cuarenta, marcan los termómetros-led de la carretera. El aire acondicionado me envuelve en una fresca atmósfera, en un microclima inducido, pero la realidad está ahí fuera, y el sol, con sus dientes amarillos deja gotas de sangre reseca a este lado del Estrecho, tras su periplo por África. A la izquierda, de nuevo una fábrica, inmóvil como un animal agonizante, un mastodonte con el costado envuelto en sus propias tripas supurando mierda.

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