domingo, 25 de septiembre de 2011

El mosquito tigre y la justicia poética, parte I

"Ganamos experiencia, pero perdimos el sentido", dice un viejo axioma, y cobra de repente  vigencia cuando asisto a una de esas escenas de la vida diaria que obligan a tomar partido, aunque sea de forma indirecta. Un bar de aspecto sencillo, un padre con pinta de bodeguero, imponente, los ojos oscuros, inquisitivos, clavados en la hija joven y guapa que trabaja de camarera en el negocio familiar. Y un chico de aspecto corriente, cara delgada, pelo de pincho y ojos brillantes que miran con cálida expresión de insoportable amor las idas y venidas de la chica. Ella se detiene durante largo rato en la terraza, sirviendo los refrescos, los helados, los tés fríos, el whisky on the rocks, el vaso largo de horchata, el café americano que tanto les gusta a algunos extranjeros. Solícita y delgada, encantadoramente lenta y elegante.  Sirviendo como si se tratase de un ritual en el que ella misma sería consagrada como la diosa de las terrazas de verano de un pueblo con el mar a sólo dos pasos. La tarde transcurre sin sobresaltos, los torsos desnudos o semidesnudos pasean sus encantos y sus sudores por la calle que muere en el paseo marítimo. El tiempo está algo revuelto, y la tormenta se anuncia con señales apenas perceptibles: los animales y las personas están tensas, a la espera; del mar llega el olor crudo, visceral, del pescado, y de la tierra, el tufo podrido de la incipiente, callada rebelión subterránea de las cloacas. En el cielo, nubes espesas, grises y pesadas, suspendidas como una gran malla de acero sobre nuestras cabezas.

El chico tiene el pelo moreno, de pincho, en forma de arco, con la zona de las orejas cortada a cero. De cerca tiene ese aire de rebeldía característica de los que pertenecen a alguna de esas tribus urbanas que a menudo se nutren de los que son o se sienten desplazados. Con gesto resuelto, coge en su mano el vaso de coca-cola y se dirige al dueño del local: "Me lo llevo a la terraza", confirma, señalando el vaso largo que contiene el líquido del color del regaliz. El padre, el amo, le mira con un desprecio que no pasa inadvertido, pero conserva la calma y el dominio de sí mismo. "La terraza lleva suplemento. Un euro", confirma sin pestañear. 
Los clientes del bar, los asiduos, conocemos o presentimos el trasfondo de la historia y ahora nos miramos, incrédulos. De inmediato, el chico con el pelo de pincho se gana nuestra simpatía. Porque no es fácil amar a distancia. Y porque aquel desgobierno, aquella zozobra que envolvía a los dos amantes en la magia tierna de los amores disputados hace que nuestros pechos sientan una bondad que acaricia como una mano delicada; la fuerza de la compasión cala hondo en cada uno de nosotros, y arrastra mareas bendecidas. Durante un breve espacio de tiempo, la tensión del chico es un hilo rojo que tira, que nos arrastra para unir nuestras fuerzas y agarrarnos a esa cuerda invisible que puede salvar in extremis al naúfrago que pide ayuda desde lo profundo del acantilado. Rápido, decidido, el chico deposita un euro sobre el mostrador y se aleja del padre con una orgullosa reserva. La sonrisa de su cara es una espada que corta cualquier resistencia. Pero el padre, ay, el padre, le vigila desde la corta distancia de su trono de rey empeñado en no entregar a cualquiera la mano de su princesa.
Un cliente habitual, con ojos rasgados y rala barba de chivo se dirige al buda, que descansa los brazos sobre el costado sin dejar de vigilar sus posesiones. "Vamos, hombre, son jóvenes", le dice el hombre. Pero el padre, el amo, no contesta. Sigue absorto, aparentemente, en el batir monótono de las aspas el ventilador que cuelga del techo. Pero la vida avanza, y el chico se abre camino entre las mesas, respirando el aire empalagoso y  húmedo de la calle. Por fin se sienta en una de las sillas y mira a la chica, cabizbajo y tímido mientras se se atusa de vez en cuando la cara, nervioso. Se cruzan miradas de amor tan desesperadas, que estoy segura de que todo el universo debe ponerse de su parte, porque la felicidad es un trabajo común en el que todos estamos directamente implicados y porque es una vocación a la que todos, sin excepción, somos llamados.                                                                                          
Espero con verdadero interés, con ansia, que esta historia tenga un final feliz.
Un viento súbito y molesto sacude de pronto los toldos del bar y las sombrillas de la terraza. La bella camarera sigue sirviendo las bebidas. De vez en cuando un "merçi beaucoup" o un "thank you" escapan de su boca, ligeros como una caricia. Él bebe una coca-cola que a esas alturas se habrá convertido en un caldo. Su cuerpo joven, sus ojos, hablan el lenguaje del amor.
Se nos acusa de ser mezquinos, insensibles con el dolor ajeno, con los asuntos que no nos afectan, en  apariencia. Pero basta con una lágrima, o con el sufrimiento callado de un hombre que ama pese a todo, para llegar a nuestra alma. Esto, creo, es justicia poética.
Todos anhelamos que las historias de amor tengan un final feliz. Que los débiles mortales que se enfrentan a su sino o a la fuerza implacable de titanes mitológicos, venzan por nosotros, nos denfiendan al mismo tiempo que defienden su amor, su vida o sus convicciones.  
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