miércoles, 2 de diciembre de 2009

Vida interior
"Tenía lo que se denomina vida interior, y no sabía que la tenía. Vivía de sí misma como si comiese sus propias entrañas. Cuando iba al trabajo parecía una loca mansa, porque mientras viajaba en autobús se perdía en el devaneo de sus sueños elevados y deslumbrantes. Estos sueños, de tanta interioridad que tenían, estaban vacíos porque les faltaba el núcleo esencial de una experiencia previa de ... de éxtasis, digamos" Clarice Lispector. "La hora de la estrella".

Este pasaje que habla de Lori siempre me recuerda un episodio de mi propia infancia cuando, como les ocurre a todos los niños, también yo tenía vida interior sin saber que la tenía. Recuerdo que una de mis tías ganó en un concurso una de aquellas hermosas casas de muñecas. Ahora cualquiera puede tener uno de esos juguetes, adquiriendo las piezas coleccionables o comprándola totalmente equipada. Sin embargo, en la época a la que me refiero, en ciertos niveles económicos, no era tan sencillo, pues había muchas necesidades que atender, entre ellas la de mantener la propia casa, la casa en la que habitaban los padres, los niños y tal vez incluso los abuelos. La casa con tejado a dos aguas que había que reparar de vez en cuando porque los pájaros rompían las tejas. La casa de cimientos firmes en la que se nacía y se moría, construida a veces piedra a piedra. La catedral de los pobres.
La casa de muñecas de mi tía era enorme, blanca y con escaleras de madera. La habían colocado sobre el antiguo y robusto bufet que había en la entrada, como si fuera un altar, y todas las visitas miraban con interés el precioso edificio de dos pisos, abierto por la mitad, y por el que se veían trocitos de vida interior. Las camas estaban vestidas con colchas de encaje, los sofás eran de piel auténtica; en la mesa, que ocupaba el centro del comedor, había un diminuto mantel blanco bordado con claveles rojos y sobre el mantel, un centro de mesa con flores de papel. Había cántaros y búcaros y baúles, y una librería con libros falsos, y una radio de baquelita en la que no se escuchaban los anuncios del Cola-Cao, y un perro guardián que no ladraba, pero que siempre permanecía al acecho, observándonos cauteloso desde el porche. Había dos muñecas con tirabuzones, las dueñas de la mansión, una rubia con pecas y una morena Barriguitas, que era la que me caía más simpática. Como es lógico, yo iba a casa de mi tía con cualquier pretexto, y siempre que llegaba lo primero que hacía era comprobar cómo estaban las dos habitantes de la casa. Las examinaba detenidamente, esperando alguna clase de revelación. En ocasiones, las sacaba de la casa y las cambiaba de lugar. A la rubia la dejaba en la cocina, de espaldas, junto al fragadero, negándole la posibilidad de mirar la vida de frente. A la morena la sentaba en el sofá de tres plazas, con un cuento que sacaba de mi propia cartera, y que resultaba dificil colocar entre sus manos gordezuelas. La muñeca Barriguitas parecía sonreirme desde el fondo de sus ojos sin párpados. Luego, desde lejos, yo miraba con satisfacción los cambios, apenas perceptibles en un primer golpe de vista. Los pequeños detalles de vida interior.
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