viernes, 31 de mayo de 2019




El cielo de las aves zancudas

El cielo de las aves zancudas es lejano.
Es un cielo que limita al norte con la estrella polar
tan pura en su esencia que el ave zancuda
tirita cuando la observa.
Ella roza el sur con alas de plumaje desastrado;
sus zancos patean el barro y las hojas
y es perfecta su carrera, y es precario su vuelo.
Somos aves zancudas,
somos Ícaro contemplando el cielo
como un abismo insondable.


domingo, 7 de abril de 2019




Ávila en la retina


Despedida y saludo. Partida y regreso. Tal es la vida, no necesariamente por este orden.
El viaje gira en torno a estas premisas.
La ilusión por la novedad  nos impulsa en busca de oportunidades o nuevas experiencias. También desearíamos repetir (como si eso fuera posible) los instantes de felicidad,  una emoción o un estado de ánimo particular, cuyo recuerdo permanece vivo.
 Los lugares (algunos) son los mismos, pero las personas ya no lo son. También nosotros hemos cambiado.  Estamos perplejos, no nos reconocemos, y vamos recogiendo pedacitos de vida en cada trayecto, sabiendo que en esta carrera no hay ganadores, sólo finalistas.
Viajo a Ávila a menudo, ya que es la tierra en la que nací y pasé mi niñez y primera juventud. Postergaba la crónica de estos viajes porque me costaba expresar en palabras todo lo que me transmite esta tierra.
Sin embargo,  la narradora que hay en mí se alzaba por encima de mis escrúpulos e impaciente, trazaba las líneas básicas que ahora transcribo para el blog de las viajeras y para todo aquel que desee asomarse a la ventana de la tarde y contemplar su majestuosidad.
Pues de eso trata este escrito.
Hay una foto que conservo, y de la cual quiero hablar. Este momento me buscaba.
La pátina del tiempo, la misma que nos perfila y nos transforma, cubría la estampa que la tarde brindaba y que disfrutaba mi retina en ese marzo soleado y seco del diecinueve. La Iglesia románica de san Pedro y su piedra rosada, el gran rosetón de su puerta occidental, aparecían tras la maraña vegetal que se adueñaba del primer plano. Esa construcción que llevaba en pie varios siglos, se iba conformando  como refugio o como visión casi espectral desde la luz temblorosa de los atardeceres vivos. Hay una capa dorada en los márgenes superiores del crepúsculo, que imprime un sello de irrealidad y que me transporta a una época de brillos que se imponen a las nubes y a las sombras de un tiempo que viví con la conciencia laxa de los primeros años. Esa estampa se amplía como el tronco del árbol en decenas de ramitas que forman caminos desiguales y que se elevan y se agitan en el aire como venas firmes que proclaman su valor en el transcurso de una vida.
Caminos que transitaron también las Angelines y las Sonsoles, los Javieres y los Tomases, que comen pipas de girasol bajo los soportales del Mercado Grande y que se citan para el día siguiente en el Teodorillo, un bar que ya no existe pero que conformó un camino de amistad y de peregrinaje estudiantil. Veo  después a aquella compañera de la Milagrosa con la que compartí recreos y algún castigo. Creo que ella también me reconoce, y que prefiere callar, como si hablar en ese momento fuera dar un salto en el vacío, asumir que ahora somos extrañas, y sobre todo, que algo muy nuestro quedó atrapado en un tiempo y en un lugar que ya no nos pertenece.    
A medida que anochece, la luz del sol pierde brillo, y los últimos rayos se posan en el hombre solitario que viste un abrigo loden. El abrigo y él han enraizado en la tierra, y no pasará mucho tiempo sin que ésta lo reclame. El hombre es sobrio y elegante, es noble y algo triste. Quisiera ser cristal, y casi lo consigue. Veo sus pulmones resoplando en su pecho con arabescos rojos que se contraen y se expanden con un impulso irrefrenable. De pronto, su transparencia hiere, su transparencia me resulta familiar e insufrible. Finalmente, el hombre se convierte en piedra labrada que cuenta sus silencios a todo aquel que sepa mirar más allá de los signos aprendidos.
¿Por qué será que la piedra siempre me impacta?
Debo tener cuidado: un agujero negro se ha tragado ya décadas, mis primeros tejanos y la tersura de mi frente. Se ha llevado a algunas Angelines y a algunos Tomases. Tengo fe, no obstante,  y aunque no sepa decir cuál es su génesis, sé que adquiere la delicadeza del agua cuando más se necesita, y esto me basta.  Como le ocurre tal vez a la mujer que se apresura a asistir a misa de siete, y deja las bolsas en la tienda de golosinas y frutos secos, frente a la librería Medrano, donde compré  libros de Delibes y los Campos de Castilla de Machado.
Ya casi no sé rezar, me olvido a menudo de dar las gracias incluso en esta ciudad de iglesias, sinagogas y de cementerios musulmanes.
“¿Irás mañana al Teodorillo?”, me preguntan. No puedo distinguir la cara de esa persona, pues  se ha perdido en la noche y se confunde con la estatua de La Santa, la que presidía la plaza en aquellos años. Y en cuanto a su voz, tampoco la reconozco. Mi oído no ha alcanzado la excelencia auditiva de Elena,  la cieguecita amiga de mi tía Natalia, quien le ofrece el brazo y le hace de lazarillo. Quién sabe de qué irán hablando; soy demasiado pequeña para comprender del todo su conversación, pero me siento bien entre adultos, recojo pequeñas chispas de sabiduría y dejo que me abonen.
Esa tarde, Elena ha vendido sus cupones y está feliz por saber que los números ya están repartidos y que ella se limitó a cobrar unas pesetas para que la gente cumpla su fantasía de jugar con el destino.  







domingo, 13 de enero de 2019



Anunciación


Cuando todo se hace difícil

debes insistir, programar tu vuelo

como si nunca hubieras caído
                                            y el aire fuera un cortejo de palomas.

Y aunque tu palabra lleve

la sombra añil de la voz estrangulada

encontrarás la señal, el gesto necesario

el calor que permita a tu sangre
                                             alzarse en marea.
El corazón tendrá su sagrario

y su luz dorada, porque es más fuerte

quien tras la herida o el error

supo tejer otro vestido, otro fulgor

                                              para la piel y la victoria.











jueves, 8 de noviembre de 2018




Epopeya


Hoy el cielo es tan claro,

dijiste, y un gorrión cambió de rama.

Me estremecí, no hay nada que suceda

por suceder.

Una parte de mí temía ofender cuanto de puro

hay bajo el cielo.

Crear un ídolo tan grande que nos devorara.

Consagrar un diamante y rendirme a su brillo.

Porque veía crecer los ríos

de carne en nuestras venas.

Porque creía ser raíz expuesta al viento

y en este desarraigo, en este torbellino

existía sin mí, sin tierra o coágulo que anclara mi sustancia.

Porque girar en ese espacio que resguarda tu aura

y hacerlo mío, y ser tu yo

rompía

la cáscara fina, y la frágil criatura que guardaba

temblaría de frío como todo lo imperfecto

que busca su lugar, sus alas, su nombre

en un nuevo bautismo.





sábado, 20 de octubre de 2018






Agua tranquila

Me incomoda la penumbra, también me siento extraña
en los parques vacíos.
Si puedo elegir, elijo una madrugada,
una calle con árboles, la alegría de los recreos.
Sin violencia de lunas deformadas
nadaré en el sahumerio del incienso fresco;
el canto coral del silencio señalará direcciones
que abrazaré como río.
Fluctuación de pulmones
sabios,
resonancia del acto anterior.
El mundo ya no será un pensamiento gastado.
Ni intolerante. Ni loco.
Todas las palabras graves o superfluas
en conversaciones vacuas ya no tendrán sentido.
Me quedo con la magia, la bondad
del que sin deberme nada, me lo dio todo.
Esto no es un testamento, es más bien el diario
de alguien que en su torpeza necesita pasar a limpio,
filtrar todo el agua y flotar,
y cantar bajo el auspicio de un lucero, o de tu mirada.
Hipnotizada por el movimiento suave de las olas
volveré al agua tranquila.
Será un final de película
como los del del cine Victoria.

lunes, 15 de octubre de 2018



Intimidad

Como las cerillas, ardemos
y es para siempre;
desatamos el luto hasta consumirnos
en la voluptuosa llama que interroga y asciende;
ya fui entregada a mi destino
por eso la audacia
de amar a un hombre que me esquiva.
La certeza de la muerte causa estragos.
Degustamos las alas de una vida pequeña
profanando su misterio
con un gozo íntimo
con un sorbo profundo de carne.
Y el aire que nos avivó nos apaga.
Rompimos el jarrón, la vida aplazada de la hortensia,
el agua se nos fue de las manos.
Todo hablaba del cieno en las manzanas caídas
y del cristal que calibra el alcance de la devastación.
La certeza de la muerte causa estragos
Sé que arderé como cerilla, mas el deseo sigue intacto
el deseo tiene el color de las entrañas vivas
y lo vivo deja buen sabor de boca.
Pienso en la prisión y dibujo una llave
(tal vez no es la llave que abre y cierra este interludio
un ancla con fe en un mar que zozobra)

Hubiera deseado nacer en otra época
escuchar la canción del agua sin prisas
una conversación interminable, lánguida, una salmodia
de suspiros, el temblor nítido de los espejos
en el fluir de la corriente.
Ya mi cera arde sin descanso.



viernes, 5 de octubre de 2018




El aura


Tantas veces se nace y se muere...
se rompe una y se recompone,
que el pasado resulta extraño
y el futuro es una pieza suelta colgando
como cornisa inestable.
Hoja zarandeada, tu cuerpo tan sensible al dolor
fue arrastrado entre el fango violento
y suplicaste una y mil veces piedad
como suplica el que, sin llegar a caer,
tampoco vence.
Te aferras a los ritos,
a baladas que alimentan anillos de calma
y repetición. Tal vez sientas añoranza del agua que bebiste
y del pan que comiste ( aquel agua no existe, aquel pan
desapareció)
Alza la cabeza y deslízate confiada como un cisne.
Reconocerás tu grandeza, y el corazón
estará libre para las siguientes venas.
No temas, estás a salvo, tu alma camina segura
ella tiene un cerrojo,
pero nunca perdió la llave.
Más allá del grito,
de la emoción soluble,
resplandece el aura como una flor de terciopelo.
No importa que las manos desesperen
las manos de tierra viva
tarde o temprano tendrán su pan servido
la música y los azahares que trastocan los sentidos.
Y el nudo que tejes
será desatado en un juego de estaciones y hechizos.
La larva, la diminuta larva que se asusta cuando contempla
la inmensidad del universo,
será indultada en la ceremonia azul de las estrellas
en el vaivén del aliento
y los zapatos del regreso.
Asumes la condición de prórroga.
Aunque sólo tengas una rama como hogar
en este sitio que no es el tuyo
que observas con ojos incrédulos.