martes, 16 de febrero de 2016




Sangre
Qué gran tarea la de la sangre
que no se resigna a ser charca
a ser lago o pradera inmune,
que se funde en aleaciones
se derrama en carreras a muerte, en dardos nucleares.
¡Qué gran caudal de idilio y misterio!
no hay capilar que resista el encuentro de la rosa
tan enamorada, tan alerta, tan caliente la sangre
que libera un universo en entrañas

dulcificado el corazón, sereno el vientre. 

martes, 9 de febrero de 2016





Fish and chips

En el ir y venir de autobuses de dos pisos
se van quedando pedazos de mi historia, las horas,
las avenidas. Los pacientes muchachos de piel rosada.
Mejor así. En los pozos de la memoria hay algas
y piden ser desbrozadas.
¿qué más contarte?
Nelson sigue en sus trece sobre las losas frías
de Trafalgar Square,
pero hay batallas más cercanas. Las libra cada día
 la buena gente de culo inquieto.
El fish and chips es pura necesidad. A estas horas
la boca es un alijo de saliva.
Hay voluntad de seguir y seguir.
Y seguir
La bendición del viajero. Mapas de espuma, pintas en pubs
a cup of tea. Lo que sea, con tal de perderse…
de no ceder a las aguas mansas.
En la velocidad hay un discurso, y una desobediencia.
Los pies son verbenas y saltan como ranas. Su ritmo es una suerte de certeza.
Todo está dispuesto para el que sabe mirar
En las fachadas merengues de Notting Hill hay retrovisores
con vistas a las colonias. También alguna meada estarcida en el suelo.
Prefiero seguir adelante









los mapas no mienten si saben interpretarse.

(Trafalgar Square, con el monumento a Nelson)

martes, 19 de enero de 2016

Los perdedores





Los perdedores
Los veo en las puertas de los cines,
o clavados en taburetes
con una cerveza en la mano y un nudo en el corazón.
Atentos al aire que lleva un perfume indiscreto,
el antiguo perfume de la traición o el olvido. 
Asaltando jardines, aves del paraíso y una silueta de espaldas
que en una esquina breve gira la cabeza
y descubre fronteras implacables
hormigón donde se estrellan esperanzas hiperventiladas.
Para esos hombres que no atinaron a huir ni a quedarse
cuelgan besos en racimos de árboles fieros como lobos
besos que van de Barcelona a Pekín, del Mar Negro al Río de la Plata
para acabar en la fosa común de los sueños anegados.
Ellos, los que amaron y no fueron indemnizados
los que cayeron en las húmedas garras de una sonrisa
y  nunca salió de su boca un puñal
para clavar la cruz de una fidelidad de pecho tatuado.



martes, 29 de diciembre de 2015




Vecinos

Me aliviaba saber que estaban ahí
llenando bañeras con risas dulces
soportando ellos solos un mundo
de resplandecientes semillas vivas. 
Una fuerza poderosa me empujaba hacia ellos
que eran firmes en sus asechanzas
y suaves como agua en delta.
Su naturaleza ruidosa
era parte de sus encantos
-granadas salvajes,
estallido en savia de venados
que cubría las paredes de ramas impredecibles-
Oía correr su sangre renovada
por los pasillos y los atardeceres,
su tráfico de ciudad en construcción
que se deshace en la marea de los huesos.
Es fácil intimar con almas puras
desprenderse de lutos y venenos
vencer la rigidez del día
con sus pálidas voces cercanas.  
Los añoro. Llevo trazos de su perfume
enjoyando mis muñecas.


viernes, 6 de noviembre de 2015






La telaraña en el rincón.


Entre la crueldad y la ternura, entre la nostalgia y el júbilo. Así oscilan los versos que más me gustan.
Hay miles de ejemplos; de Elisabeth Bishop, de Auden, Gustavo Rojas, Miguel Hernández, Emily Dickinson, Anne Sexton, Mary Oliver… Busco la veta negra y la veta magenta que me conduce a las gemas de sus versos. Ése que se desploma y se alza, que oscila con su cántico de cristal rosado para atravesar un tiempo que se desea eterno.

En su torpeza, o pese a ella, el hombre trama deliciosos mecanismos que le permiten atisbar destellos de lo divino, o poner un pie en el volcán de cenizas vivas de los sentimientos. Para ello inventa estrofas que son música callada- Juan de la Cruz lo sabía decir mejor- y que nos acercan a la simpleza del espíritu, allí donde habitan desde siempre las canciones y los versos. Poseen estos el calor de un rayo de luz viajando desde la ventana con la danza antigua de las mariposas, para penetrar en los párpados, y hacerse tinta y moneda de oro.

El verso impresiona por su sencillez, que lo hace accesible a cualquier oído, a cualquier corazón que esté abierto. Pues aún creyendo que no se comprende, se ha comprendido.

La poesía es sorprendente y delicada como la telaraña en el rincón. Humilde, solitaria, tejida con los retales sobrantes de las primaveras y los otoños. Dejen que las arañas hagan su trabajo. Las arañas predadoras, con toda su mala prensa, con su trampa sutil para atrapar insectos incautos, las arañas, con sus patitas negras, baila sobre el pentagrama de seda y babas antes de caer sobre sus víctimas. Hace su trabajo lo mejor que sabe. La vida le premia con comida. Miro muchas veces esa tela de araña, me sorprendo de las lluvias y los vientos en contra que ha debido soportar. Pero al final, con su tesón, deja un hermoso traje labrado y primoroso. Así es como son atrapadas las palabras, como la araña que mira atenta a su alrededor aunque el silencio desmiente su afán. Así, con un hilo de trajines que puede romperse al menor descuido.  

En la poesía hay tanta verdad, que a menudo notas que se hunden tus pies como caminaras a lo largo de kilómetros de arenas doradas mientras las olas no dejan de excavar y excavar hasta que lo firme es hundimiento, y lo cálido, un frío cosquilleo reconfortante. 

El amor, cómo no, tiene mucha cabida en los poemas. Es un tema inagotable, porque amantes hay muchos, pero el amor es siempre el mismo, con su base de cieno y su cielo firme. Buena parte de los poemarios están hechos con este material incandescente; pero ocurre que ese amor que un día fue diversión, arce plateado, ya no brilla con la intensidad de antes, ni se mecen sus hojas con la gracia de una bailarina oriental. Y entonces…entonces incluso puede ser mejor. El poeta buscará el consuelo de un poema sin rima en el autobús de vuelta a casa entre apretujones y pitidos sordos de estaciones.

¡Ah, el poema, qué sorpresas nos depara! En mitad de ese paisaje a veces brillante, a veces oscuro que es el poema, sobreviene de pronto el silencio. El silencio que no va seguido de ningún signo. Al final de algunos versos hay un silencio que te clava en la silla. Un silencio que late como un adolescente apoyado en una barandilla en la cima de una montaña suiza. Por eso los versos son redondos, o cóncavos, para dejar espacio al silencio, y para que por ellos resbale el tiempo sin detenerse ni tropezar.

El verso surge de conversaciones o diálogos imposibles o bien de sencillos conceptos atrapados al vuelo. También de monólogos que se ordenan y se desordenan creando ese caos luminoso que nos atrapa. Pero puede surgir a partir de cualquier elemento imprevisto. Por ejemplo, este pequeño poema surgió de la contemplación de una cara.


Una tarde de viento y biblioteca
estuve sentada frente a Abraham Lincoln.
En realidad era un chico con barba turbadora
y ojos que redactaban informes de empresas
a punto de quebrar.