domingo, 18 de octubre de 2015







Alguien

Alguien ha quemado el pasto

ha lanzado escombros sobre la tarde

que brama tatuando el aire

y entre blasfemias la tierra calcinada

crepita

grumos de sombra y ceniza vinculan al hombre con el fuego

con el mordisco de la sangre

y los rituales que contemplan las estrellas.

lunes, 15 de junio de 2015



Es un rincón apacible, situado a escasos metros de la playa. Flanqueado por palmeras niñas, con aspecto sano y en proceso de adaptación, y por un grupo de eucaliptus aromáticos que parecen un gigantesco rebaño que pace aparte. En el centro, un tupido techo formado por las hojas de las moreras, que se mezclan con pinos adultos, admirables en su sencillez, con el verde oscuro de sus ramas puntiagudas formando conjuntos redondos.
La abundancia es lo primero que llama la atención. Abundancia de luz y de sombra en equilibrio, de azul y de verde, de formas sinuosas en los troncos de los pinos, la mayoría de los cuales se inclina en dirección a la montaña de una manera que seguro no es casual. Sentarse en el suelo es la mejor forma de vivirlo. Desde esta posición miras el mar, y el agua se acerca, tus ojos lo han desplazado aunque siga estando en la misma línea limpia y azul, y solo las olas rizando el horizonte sugieran el movimiento incesante que propician las mareas. El mar y el cielo han sido descubiertos como si tu mirada descorriera una cortina invisible. La tierra y el aire, el sol y las nubes, captados en un solo proceso, en una abertura del cuerpo al deseo de existir. Los cinco sentidos festejan el deseo de existir.  
Abundancia de material en el suelo. La arena se mezcla con la tierra mullida sembrada de pinazas, hojas de eucalipto y moras pisoteadas. Tapiz multicolor para la ginesta. Riqueza, dones, prodigios.
Buscamos prodigios, nos enredamos en fútiles argumentos y actos banales que concluyen en un mundo de fantasía que se desmorona dejándonos el amargo sabor de la derrota,  sucumbimos a ideales pretenciosos, porque necesitamos demostrarnos que merecemos algo más, que la felicidad está a nuestro alcance. Pero a menudo nos confundimos en la manera de lograrlo. Rincones como éste pueden ser un punto de partida.
Los árboles proporcionan sombra, calma, aroma y cobijo. Sus ramas se alzan como las manos que imploran o como los brazos que se ofrecen para ayudar. Entre la tierra y el cielo, en silencio o en un susurro sutil como una caricia, desgranan un esplendor vertical que es un manifiesto de integridad, de promesas que se alargan, que se insinúan, que nos alcanzan mientras van al encuentro de ese sol que da vida. Cuando estás bajo su amparo te das cuenta de que nos sostiene el pasado, cuyas raíces, con múltiples vericuetos, se ocultan bajo la tierra. Que nos lanzamos hacia el futuro segundo a segundo, con la avidez de las hojas y las ramas. Y que entretanto vivimos ese presente fugaz como la trayectoria de un pájaro que emprende el vuelo sin apenas rozar el ramaje.
En esta época del año- primeros de junio- las moreras están cargadas de moras negras, de moras rojas y de moras blanquiverdes. El sabor de las moras negras es muy dulce, casi empalagoso. La textura de la pulpa es blanda, gelatinosa, agrupada en racimos; la naturaleza duplica simetrías, y el fruto de las moras recuerda un poco a los pezones femeninos. Pues así como la manzana es masculina- Eva lo supo desde el primer mordisco- la mora es femenina, sensual,  su sabor se extiende por las papilas gustativas y sus granos redondos y diminutos se quedan entre los dientes y los colorea de morado. Es casi imposible coger moras de una forma aséptica, las moras tiñen los dedos y las uñas. Su esencia se queda en la piel como prueba irrefutable de una gula refinada.   
Un padre con su hijo pequeño pasan a mi lado y me saludan. El padre extiende después la mano y señala el vasto terreno que se muestra ante sus ojos. Éste es un sitio estupendo. Espero que siempre lo respetes, y no se te ocurre tirar nada al suelo. El niño, de unos siete u ocho años, atiende con seriedad y luego asiente con la cabeza. A ver, cuál es el árbol que más te gusta, continúa el adulto, sin duda animado por la buena acogida de su recomendación. Ése, dice el crío con total seguridad, y se acerca a un pino que tiene una altura considerable. El padre lo sigue. Muy bien, hijo, has hecho una buena elección, asegura. Luego pasa la mano por el tronco retorcido y rugoso como la piel de un elefante; enseguida el niño lo imita. Se muestra contento con el descubrimiento táctil. Sonríe y mira a su padre agradecido. De pronto, se aparta ligeramente para contemplar el árbol desde cierta distancia. Quiero subir ahí, ¿Por qué? ,le pregunta el padre. Ya lo has visto. Lo has tocado. Con eso es suficiente. No sé, contesta el pequeño. Pues entonces, vámonos. Si no sabes por qué quieres subirte al árbol, vámonos. Lo toma de la mano con decisión, lo arrastra fuera del círculo que traza la masa vegetal del pino. La lógica aplastante del adulto crea un vacío difícil de abarcar. Pero el crío no se resigna a marcharse sin alcanzar la cúspide. Veo en su carita las señales del tormento. Trata inútilmente de explicar por qué desea tanto subir a lo más alto del árbol. No lo encuentra, o mejor dicho, lo sabe pero no puede explicarlo. Los motivos son  tan numerosos como inexplicables, tan llenos de matices que no siempre se pueden verbalizar. No siempre se deben verbalizar los motivos del deseo cuando son una abertura de nuestro cuerpo a algo más grande, como es el deseo de existir. A veces, es mejor sentir el escozor y las cosquillas.


jueves, 4 de junio de 2015



 Un caballo de raza española

Estos días los talleres de escritura están discurriendo por cauces inexplorados hasta ahora. La idea de escribir experimentando con los sentidos, es decir, centrándonos en uno de ellos cada día, está resultando eficaz y divertida. La cuarta jornada estaba dedicada al órgano de la vista. Nuestro habitual punto de reunión es la biblioteca, pero caí en la cuenta de que para trabajar ese día, lo más adecuado sería abrir horizontes y prolongar nuestra mirada con paisajes más lejanos y evocadores. Así fue como decidí que esa tarde nos veríamos en la entrada de la estación, a sólo unos metros de la playa, para tomar notas de aquello que resultara curioso. Además, llevaríamos nuestra osadía un poco más lejos, observaríamos a las personas y tomaríamos apuntes que después se pudieran organizar y completar. Lo que les estaba proponiendo era el clásico ejercicio de vouyeurismo al que tan acostumbrados estamos los escritores. De eso se trataba, de observar con discreción para no intimidar a los observados. Más adelante continuaríamos la “expedición” sentados en la arena de la playa, apoyados en las barquitas que se alinean como perezosos leones marinos y sirven como respaldo agradable mientras se toma el sol. Iríamos provistos de bolígrafo y libreta y de una sencilla guía de preguntas que elaboré, aunque a buen seguro  que ellos no la iban a necesitar. 
Pero ocurrió algo imprevisto. En el trayecto desde mi casa a la playa me crucé con un jinete que montaba un precioso caballo blanco. Venciendo la timidez y las resistencias que nos llevan tantas veces a rechazar una primera idea por parecernos un tanto osada, le pregunté si le importaría acercarse un poco más tarde al lugar donde me esperaba un grupo de personas para hacer un trabajo literario. Estaba convencida de que aquel animal era capaz de despertar la curiosidad y de activar la imaginación de cualquiera que tuviera los ojos bien abiertos.
El jinete aceptó la propuesta de buena gana.  Así es que quedamos en vernos en unos minutos al lado de la estación, tras dar un rodeo para llegar por un camino diferente al que yo había elegido. De esta forma la sorpresa estaba garantizada. Y así fue: el caballo hizo su aparición trotando por el asfalto, erguido y con el sol brillando en la grupa. Fue como un rayo, una aparición que dejó con la boca abierta al grupo de alumnos y a varios transeúntes que se pararon a contemplarlo y a hacerle fotos. Todo a su alrededor se volvió opaco, intrascendente: los coches que pasaban bordeando la glorieta cercana, los escasos turistas sentados en las terrazas de las cafeterías, los grupos de adolescentes que eligen esa hora y ese lugar para sus escaramuzas y sus experimentos. El equino era todo presencia y misterio, un relámpago blanco que trastocó por momentos la tranquila tarde de un grupo de personas. Avanzaba con un movimiento natural en el que se fundían alquitrán y fibra noble.  
Fuera de su hábitat natural, en un insólito escenario, el caballo rompe con las expectativas habituales para crear otras nuevas y acaba con cualquier prejuicio acerca de lo salvaje y lo espontáneo. Aquel ejemplar blanco de raza española, con livianas manchas ocres, se ofrecía ante nosotros como un regalo inesperado. Quisimos tocarlo, recorrer las sedosas crines con los dedos e impregnarnos de su naturaleza noble. Así lo hicimos. Pero el equino no aceptó de buena gana nuestro gesto. No estaba dispuesto a ser un juguete, un mero animal de exhibición . Nervioso, alzó la testuz y dio un respingo. La pericia del jinete, con las manos en las bridas, controló la carne inquieta. En ese movimiento repentino adiviné atisbos de defensa de una raza que sobrevive aún en libertad, en prados y montes, donde su silueta se ofrece como un regalo, una evocación de la fuerza y la armonía.   

martes, 28 de abril de 2015


Reseña de Haydee Vargas sobre la antología poética "Ávida vida" 


ÁVIDA VIDA y las cuestiones del corazón

Sin temor a exagerar, la castellana Maribel Montero lleva poesía en sus venas, porque la poesía no circula sólo en su libro de poemas Ávida vida, sino también en su novela Los tulipanes son un buen comienzo. Al leerla nos convencemos inmediatamente de su pasión por el juego creativo. Ella es maestra en el tejido del texto poético y narrativo. Cincela la materia literaria para moldearla en una exquisita obra de arte.
Su primer poemario Ávida vida presentado el pasado 15 de abril en el Ateneo de Barcelona, es un libro compuesto por 62 poemas y organizado en dos partes: Unidad de cardio y Terapias alternativas. Títulos aparentemente científicos pero dirigidos al corazón de los sentimientos. En unidad de cardio se considera los daños; y, Terapias alternativas sugiere, como lo dice el título, los posibles tratamientos con reflexiones oportunas.
El poema Pertinente de la primera parte dice: “De este asombrado destrozo/ que eligió la aurícula izquierda como almacén de residuos/ rescataré al menos un par de recuerdos;/ la frágil vajilla de besos embalada en la última mudanza/ … el corazón es ahora una cámara oscura/ donde se revelan carretes de otros tiempos”.  Ese órgano y motor de nuestra vida se transforma en un espacio donde se almacenan recuerdos, a donde volvemos continuamente para encontrar las razones que necesitamos.
La autora versa sentimientos encontrados, cuestiona sobre la vida intentando dar una explicación a los múltiples desconciertos: “Verás querido Dios yo no te pedí nacer/… tenemos un pleito pendiente/ y entretanto, te exijo que me mandes risas/  y derrames sobre mí tu bondad…”. Sale de la turbulencia de sentimientos, hace un balance y surge  renovada y consciente para transmitir esa emoción idea que nos convoca a través de las imágenes visuales: “La cuestión es mutar/ de gusano en mariposa/ y avivar la llama de la vela…”.
Los versos de Maribel denotan perfección, tienen la dirección correcta, van hacia el motor donde se  anidan y nacen los eternos sentimientos. La autora de Ávida vida se mueve con la pericia de los grandes, dando al conjunto un sentido único y a la vez multiplicado en variadas concepciones: “Hay faros que rompen el corazón de las tinieblas/ y alientan auroras imposibles…”.
Si su libro evoca emociones sutiles y nos sumerge en el ritmo de sístole y diástole del corazón humano, de alguna manera nos conduce a la superficie de los pensamientos sencillos y transparentes compatibles con la sensibilidad de los ávidos de poesía, porque su temática universal, como la naturaleza humana, se remonta a los clásicos de la literatura; y, ha continuado en la producción de todos los tiempos y será siempre la materia prima de los poetas, mientras exista poesía.
La poeta Maribel Montero vive en Pineda de Mar dedicada enteramente al arte y dirige el Taller Laberinto de papel. Es una mujer sensible. Su voz en Ávida vida, apegada al yo, toca la raíz de los sentimientos que nacen en poesía. Su escritura se asienta en la estructura del conocimiento literario; pero, al mismo tiempo, surge con el torrente del río que canta como sólo ella sabe hacerlo.
“La última batalla la libraste sola
los demás
cabisbajos
sólo pudimos decir amén
ante el misterio”.


Haydee Nilda Vargas (Hanivar)



sábado, 18 de abril de 2015

Memoria y olvido.

¡Ojalá no pierda nunca la memoria, ojalá no tenga mala memoria para los buenos recuerdos!

La memoria es una flecha que recorre veloz el tiempo. Y lo hace hacia atrás, como si buscara la semilla que propició la cosecha. Cuando la flecha hace diana, el tiempo se detiene. No deseamos nada más; con disponer de ese tiempo conquistado es suficiente. Tener tiempo para gastar sin tino es más de lo que muchos pueden desear.
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Cuando monto en bicicleta me siento tan libre, que no puedo evitar tener remordimientos ¿Qué esta pasando? ¿ Me falta el casco, vulnero alguna norma de tráfico, me falta el cinturón.... el cinturón que aprieta y asegura? Sé entonces que la libertad es como el sudor limpio que se desprende de mis poros, es el suave cansancio que relaja y te hace sentir el cuerpo como una central de energía recargable. 
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Algunas arrugas de mi cara  son heridas que se abrieron como rosas escarchadas en noches de insomnio
o en días de alegría desbordante.
No plancharé mis arrugas, las exhibiré sin tapujos como testimonio de una vida intensa
porque no soy estatua que permanece impasible al dolor
a la belleza
al acoso del viento del norte.
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A veces siento la tentación irresistible de imitar. No es envidia, es necesidad de conocer otro yo posible.

lunes, 23 de marzo de 2015

Hoy quisiera hablar de héroes. De manera breve, porque hay tantos tipos de héroes que necesitaría mucho espacio y mucha paciencia para rendirles homenaje.
De todas formas, hoy en día los héroes no son lo que eran, y que lo que predomina en cambio es una mezcla confusa entre héroe y villano, pues sus límites se desdibujan en el vasto devenir de la existencia.
Dejo atrás a los Mister Proper y a los Supermanes de turno, con sus vuelos benéficos y sus músculos de hierro. Y en cuanto a los héroes clásicos, tan poderosos, tan lejanos, o bien me cansan, o bien me atontan. No hay plenitud en sus acciones, y en cambio, hacen que dejemos de estar alerta. Que deleguemos en ellos la salvación. Pues un héroe por antonomasia es un salvador; lo que ocurre es que el heroe clásico, tras sus hazañas, deja el campo arrasado de actuaciones sublimes; además, dan mucho respeto -a veces también miedo- como esos dioses capaces de variar el destino de los hombres. Son fríos como los aerosoles que arrasan con las hormigas que con gran esfuerzo y organización trepan hasta lo más jugoso de las plantas, y dejan un rastro negro de diminutos cadáveres por el suelo.
Otra de las categorías a las que prestar atención es la de los héroes de bolsillo, que debido al material contaminado que manejan, se diría que representan el papel de villanos; sin embargo, no por eso dejan de ser meritorios, ya que se recurre a ellos para procurarse una salvación pequeñita, que consiste en dejar al cerebro por unos momentos en off. Es un vulgar sucedáneo, ya se sabe, un sustituto del auténtico y cada vez más escaso héroe noble, generoso y reluciente.
En definitiva, el héroe de bolsillo tiene tantas aplicaciones como el aloe vera, pero lo mejor es que sirve como anestesia para los días o las tardes con ocaso anticipado. Se suelen prodigar por las televisiones de los geriátricos y por los hogares con luces en declive y atmósfera flácida.
En uno de estos lugares, el geriátrico, hay un viejito, uno más entre tantos, con muchos años a cuestas y muchas pastillas en el pastillero, que se queda adormilado con su héroe de bolsillo bailando por última vez en la retina. Lo que supone un gran consuelo, porque hace apenas unos momentos acaba de escuchar de nuevo la vocecita infame que le golpea a la hora del vaso de leche con galletas, cuando las  visitas están a punto de marcharse y el solecillo inicia su declive en el tejado de enfrente: "¿Qué he hecho yo para merecer esto?", dice la voz que, aunque sea escualida, taladra por unos instantes su cerebro..
Ay, la vocecita golpea de nuevo, pues se trata de eso, de una voz insidiosa y malcarada, a la que debería haber mandado hace tiempo a paseo.
Luego todo pasa; nuestro viejito se olvida pronto de la voz que gimoteaba hace un instante, y se zambulle sin fe y con la vista algo perjudicada en la última exclusiva, en la penúltima pelea, con un sopor agradable,con todo sus músculos cocidos; por el rabillo del ojo ve acercarse a la bella auxiliar de geriatría que enseguida le desanuda, amorosa,  el babero.
Y por último, hablaré de un tipo de héroes más bien escaso, el héroe de cabecera, ése que se enfrenta a personajes con la cara de cemento armado y mucho asesoramiento externo para suplir la dignidad que perdieron por el camino. Algunos de estos héroes llevan lentes que son como lupas, que son como espejos gracias a los cuales podemos ver más allá de la otra gran lente que nos aboca al gran vacío catódico.
Estos últimos seres se explican a sí mismos, no es necesario consultar un tratado de heroicidades para reconocerlos. La mayor de ellas es la perseverancia. En los tiempos que corren, creo que es el mayor de los méritos.

jueves, 5 de febrero de 2015





Corazón travieso
Las ventanas y postigos se han cerrado a cal y canto
afuera acecha la tormenta
y he bajado unos centímetros de mi talla
para estar más en contacto con el suelo
porque el corazón travieso, muy a la izquierda
acecha y conspira.