miércoles, 3 de agosto de 2016

DESEO.

Le prometieron unas sandalias doradas. Las del escaparate arisco, que miraban con suavidad de jabón. En la gracia del verano, las sandalias ocupaban un lugar inmenso, superando con creces a carpetas emancipadas, y a la solemnidad de aquellos ojos negros que miraban desde un retrato granítico.

Nacían en oro y con tanta alegría que cuajaron en perla, en sueños. 
La fragilidad de desear fortalece con una alegría mansa como seda de encaje. 
Las sandalias no son ambiguas. Proponen acontecimientos discontinuos y un destello puro, una tensión de arco definido como una ceja.
Las sandalias iniciaban vuelos ciegos como estrellas fugaces en la gracia del verano. Eran paisaje burbujeante con fondo negro de escaparate raro. La llenaban de un amor ardiente, y un temor mudo a ser privada de su sueño. ¿Quién podía privarla de su sueño? El sueño tiene paciencia de santo, el sueño es la conciencia de peligro que abre espacios. Las sandalias doradas miraban con suavidad desde el ardor del verano, y con la inocencia codiciosa de la niña descalza, ella disfrutaba de una fe terrible, una fe oblicua como el rayo de sol que atravesaba el escaparate imantado. Elegante y soñadora como las propias sandalias, se quedaba inmóvil como una oruga esperando la eclosión. Se retorcía de dolor, había confusión y estrépito en el aire; el deseo es un arma fatídica; entre aullidos púrpura, rompió el cristal. 

                                                   

sábado, 11 de junio de 2016






Nana para una madre

Ingresaron a mi madre (una vez más)
¿cuándo te perdiste, madre
qué secretas razones te doblan
para entorpecerte en charcas?
Apenas me sostienes entre tu piel supurada
me dejas caer como al descuido,
señalas baldas con retratos parapléjicos.
Ayer hablábamos de nuestros hijos
andan por el mundo como rosales trasplantados
el pequeño es un ángel
nos ayuda a cruzar bosques (pero él no lo sabe)
¡Cuántas verdades van tomando cuerpo
mientras el tuyo se consume en viales!
Madre, espera un poco más
aguarda un poco, como tú dices
te cantaré bajito, te cantaré una nana:
Mater bondadosa, no me extravíes
que tengo un frío de sabañones
Mater amantisima
deja a la puerta panes recientes.
Mater prudentisima, no te evapores
entre cazuelas de mediodía.
Mater misericordiosa, dame mejillas
para mis besos llenos de hambre.

lunes, 6 de junio de 2016



          Madre-maga

          La madre
          está aquí
bordando nuestros cielos.
         Reparte almíbar para las frágiles encías
de la tarde,
          siembra crepúsculos con el naranja suculento
que arde en los cerros.
En el silencio echa redes para atrapar
el nácar de las caracolas.
         Está aquí
atendiendo todas las súplicas
que laten bajo las algas espesas,
      sellando en dulzura
cicatrices desveladas.
      la madre, la que tanto nos amó
emigra como golondrina en busca
de los paisajes púrpura que soñó de niña
      y vuelve para abrazarnos
cuando la más oscura de las noches quema
      los corazones solitarios.
Ríe con una risa de plata
que acelera el relámpago azul de las campanas.
 Nos envía besos del manantial inagotable
      de su amor pues nunca están ociosos los labios que besaron.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Todo empezó con un SI

Creo en la vida, en las oportunidades que nos brinda, en las ofrendas con que nos obsequia, a pesar de que a veces muestre su cara más cruel o esas muecas disparatadas que son portada de diario e imagen de agencia.
Un nacimiento, además de un milagro, es un SI rotundo, una afirmación tajante y esperanzada. El recién nacido asume ya desde la primera inspiración el reto que conlleva. Llega a esa atmósfera sombría donde su instinto apenas sirve para sobrevivir, superada la travesía casi siempre dificultosa del parto. Todo queda suspendido en ese acto sublime del corte del cordón umbilical.
Entonces la obra, la verdadera obra, se inicia lentamente. La madre ejerce de maestro de ceremonias, lo arrulla, lo acaricia, lo anima, acepta el hecho de que ha dejado de ser suyo y en esta muestra de generosidad inigualable, se cumple.
El bebé necesita un tiempo para que sus funciones vitales se acomoden, y esto también incluye a su espíritu, a ese alma que empujada por la necesidad, decide encarnarse.
Pronto, un foco potente de miradas y claridad hospitalaria le señala con dedos de luz, le convierte en protagonista de una obra desarrollada durante milenios, mientras él, encerrado aún en su concha de nácar, balbucea o se queja con un lenguaje de pompas. Es vulnerable, pero es también completo, pues se realiza en el SER, mucho antes de conjugar cualquier otro verbo que le ligue a obligaciones, pertenencias, preferencias, etc.
Lo de la felicidad del infante es un mito que se han encargado de transmitir voces poco analíticas, que confunden a esa criatura con un objeto orgánico que sólo reclama la satisfacción básica de sus necesidades y que lo sitúan en un contexto casi inalterable de ciclos diurnos y nocturnos. No hay más que observar atentos para apreciar que no es tan simple. Todo su cuerpo es una central que registra las mínimas alteraciones de temperatura, sonido, tacto, etc. Ahora necesita comunicarse, debe hacerlo en un medio hostil y sólo dispone del llanto para hacerse entender. Se asusta, trata de acomodarse, de desentumecer su cuerpecillo hostigado por las contracciones. Su garganta emite un sonido gutural, mezcla de desconcierto y queja. Ya no hay modo de volver atrás. Lo que se ha iniciado debe continuar.
Empieza la rueda de reconocimientos. Emotiva, con participación de todo el público. Y ahí está él, en su esplendor cenital, abrazando el peso del linaje como un gran anillo que lo moldea, lo constriñe o lo envuelve amoroso como la manta que le da la medida aproximada de las limitaciones de su persona. Hay que creer en la sencillez de los milagros que ocurren a diario para comprender la complejidad de ese ser que ha superado con una voluntad admirable la principal barrera que lo separaba de la vida, y que se dispone a avanzar con las mínimas herramientas de los sentidos y el cobijo que la piel siempre concede.
(Imagen tomada de internet)

martes, 16 de febrero de 2016




Sangre
Qué gran tarea la de la sangre
que no se resigna a ser charca
a ser lago o pradera inmune,
que se funde en aleaciones
se derrama en carreras a muerte, en dardos nucleares.
¡Qué gran caudal de idilio y misterio!
no hay capilar que resista el encuentro de la rosa
tan enamorada, tan alerta, tan caliente la sangre
que libera un universo en entrañas

dulcificado el corazón, sereno el vientre. 

martes, 9 de febrero de 2016





Fish and chips

En el ir y venir de autobuses de dos pisos
se van quedando pedazos de mi historia, las horas,
las avenidas. Los pacientes muchachos de piel rosada.
Mejor así. En los pozos de la memoria hay algas
y piden ser desbrozadas.
¿qué más contarte?
Nelson sigue en sus trece sobre las losas frías
de Trafalgar Square,
pero hay batallas más cercanas. Las libra cada día
 la buena gente de culo inquieto.
El fish and chips es pura necesidad. A estas horas
la boca es un alijo de saliva.
Hay voluntad de seguir y seguir.
Y seguir
La bendición del viajero. Mapas de espuma, pintas en pubs
a cup of tea. Lo que sea, con tal de perderse…
de no ceder a las aguas mansas.
En la velocidad hay un discurso, y una desobediencia.
Los pies son verbenas y saltan como ranas. Su ritmo es una suerte de certeza.
Todo está dispuesto para el que sabe mirar
En las fachadas merengues de Notting Hill hay retrovisores
con vistas a las colonias. También alguna meada estarcida en el suelo.
Prefiero seguir adelante









los mapas no mienten si saben interpretarse.

(Trafalgar Square, con el monumento a Nelson)

martes, 19 de enero de 2016

Los perdedores





Los perdedores
Los veo en las puertas de los cines,
o clavados en taburetes
con una cerveza en la mano y un nudo en el corazón.
Atentos al aire que lleva un perfume indiscreto,
el antiguo perfume de la traición o el olvido. 
Asaltando jardines, aves del paraíso y una silueta de espaldas
que en una esquina breve gira la cabeza
y descubre fronteras implacables
hormigón donde se estrellan esperanzas hiperventiladas.
Para esos hombres que no atinaron a huir ni a quedarse
cuelgan besos en racimos de árboles fieros como lobos
besos que van de Barcelona a Pekín, del Mar Negro al Río de la Plata
para acabar en la fosa común de los sueños anegados.
Ellos, los que amaron y no fueron indemnizados
los que cayeron en las húmedas garras de una sonrisa
y  nunca salió de su boca un puñal
para clavar la cruz de una fidelidad de pecho tatuado.