lunes, 5 de marzo de 2012

Tomates verdes fritos

Cuando cruzo el umbral, tengo la sensación de estar realizando un transbordo, de hallarme en mitad de dos estaciones de metro, recorriendo unos pasillos en los que reina el silencio y el olor acre de las flores .marchitas. Todavía no se ha inventado un Día del Anciano Residente, pero estoy segura de que alguien debe estar en estos momentos planeando concienzudamente una celebración de este tipo. El sentimiento de culpa colectivo suele abocar en ingeniosas iniciativas que favorecen -sobre todo- a las conciencias culpables. Esa persona o personas que tengan en mente dedicar un "día de la senectud recluida en el limbo de los justos",  merece todos nuestros respetos, aunque no estoy muy segura de que merezca nuestros aplausos. Ya sabemos lo que significa dedicar un día al año a una causa más o menos perdida con la intención de recuperarla. Que no estar a la altura provoca pánico y que éste a su vez desemboca en actos edificantes: un discurso televisado o en un detallito comprado con prisa en la tienda de la esquina. Aún así, tiene su mérito, pues esta persona -o personas- tiene al menos unos gramos de sensibilidad. Ha descubierto, como me ocurrió a mí la primera vez que pisé una residencia de ancianos, que la vida parece transcurrir a dos niveles para los que  la contemplamos con ausencia de riesgos, o con la urgencia de una piedad ejercida en horario de visitas : fuera- dentro, silencio- ruído, aceleración- ralentización, lucha- aceptación, presente- pasado...
Pensar aturde. Lo siento, pero este lugar parece hecho a propósito para pensar, porque aquí el tiempo, pese a estar envasado al vacío, produce una oxidación escandalosa que hace sangrar las ideas como encías acosadas por la piorrea. Porque aquí el silencio produce calambres en el estómago, como el hambre. Y me hace recordar a aquella viejita que en un relato de Clarice Lispector se perdió en el estadio de Maracaná y que, cuando finalmente logró llegar a su casa, superando la pesadilla de caminar en círculo sin apenas esperanzas, en lugar de encontrarse a sí misma- pues esa búsqueda obsesiva por el estadio exigía un encuentro- se encontró con la muerte.

Pero me estoy precipitando, y la palabra precipitación no tiene mucho sentido cuando una se mueve entre sillas de ruedas y ojillos que en lugar de mirar interrogan. Creo que lo mejor es tratar de adaptarse a su ritmo, un ritmo extremadamente lento que me impacienta y me hace ir de un lado para otro como si buscara algo que en realidad no he perdido- ¿busco la vida? ¿la elemental, bulliciosa, luminosa vida que todos merecemos?-
Está claro: necesito quitarme los tacones y las prisas y calzarme las zapatillas de andar por casa, ponerme las cristales de ver despacio y flotar en esa atmósfera húmeda, de aerosoles y lacas caducadas en las que cristalizan mariposas moribundas con las alas extendidas como un grito.
Mientras voy al encuentro de Juana siento que mis pies resbalan, que mi cuerpo sufre una especie de vértigo o de sueño pesado. Es la misma sensación de contemplar el agua al otro lado del enorme cristal hermético de un acuario, un grueso cristal algo sucio tras el cual se vislumbran sombras lejanas, líquenes grises, peces escoba boqueantes y unos cuantos y exóticos peces tropicales , vivitos y coleando, que se desplazan con su delicado cuerpecillo para emprender su labor de calceta, tejer bufandas, rencillas o sueños. En esa gran pecera algo escasa de oxígeno, otros pececillos besan con sonoros besos ensalivados las mejillas sonrosadas del nieto, y otros se dirigen al rincón de lectura y se sientan junto a una ventana para recibir los últimos rayos de un sol paternal y egregio. .
Pues no todo es agonía, escasez o desamparo.  Algunos abuelos me reconocen y me saludan con una alegría mansa, sin nostalgia, de persona a persona, y entonces cesa la lucha, el dolor se alivia. Me quieren. Los quiero.
Abro la puerta de la habitación, y los últimos recelos se desvanecen: ahí esta Juana, sonriendo. Esta tarde luce un nuevo collar de cuentas de cristal. Tan digna, tan radiante como si luciera la tiara de esmeraldas de la reina Isabel de Inglaterra. Le pregunto quién se lo ha regalado y, una vez más, calla y sonríe, protegiéndolo con sus dedos pálidos, con sus manos moradas. Tengo que admitir que su actitud me desarma, que su silencio me angustia. En el silencio creo percibir una acusación velada, una queja sin formular que pende sobre mi cabeza como una afilada estalactita.
Pero el consuelo llega cuando percibo su necesidad. Su necesidad es al mismo tiempo mi amparo. Por eso, siempre que visito a Juana recuerdo a aquel delicioso personaje interpretado por Kathy Bates, y la transformación que se operó en ella tras las visitas a Nanny, una anciana con un pasado sorprendente. En esa enternecedora película, las dos historias transcurren paralelas: por un lado, el relato de una vida que toca a su fin y por otro, el de alguien que al fin toma las riendas de su vida.
Sin duda, a muchos nos gustaría encontrar a alguien que ilumine nuestra existencia antes de que su vida se apague como una vela. Encontrar un lucero en la noche oscura, tal como le ocurrió a la protagonista de "Tomates verdes fritos".
En sus visitas a la anciana de pelo blanco que escondía terribles secretos, ella le llevaba pastas caseras, además de aquellos deliciosos tomates verdes fritos que le recordaban su juventud en Alabama.
Yo, cuando no puedo ofrecerle algo más dulce, le ofrezco bombones a Juana. Mientras los saborea, cierra sus ojos cansados, sorprendentemente tímidos, y se deja llevar por las sensaciones en silencio, como si meditara. Todo lo importante se saborea en silencio y con los ojos cerrados. Cuando Juana saborea un bombón, maneja información privilegiada. Información que maneja a su antojo.
Un día le llevé una revista. A Juana siempre le gustó leer. Pese a que ignoraba si en ese momento de su vida la lectura le causaría el mismo placer que antaño, deseaba romper de alguna manera su silencio. El primer titular que leyó trataba sobre una visita de la princesa Letizia a un jardín de infancia. "Letizia lee un cuento a los niños", leyó Juana sin mucho entusiasmo. Para mí, en cambio, era una delicia oirla juntar letras de manera elegante y efectiva. Su voz era nítida, como la de alguien que reflexiona y siente lo que dice. Cuando acabó la breve lectura le comenté, ansiosa por restablecer la comunicación con ella: "¿verdad que es guapa, la princesa?". Ella se pasó los dedos arrugados por los blancos rizos de su cabello y luego me miró con cierto desdén, como si la hubiera decepcionado. No necesitaba recalar en lo obvio, ni entretenerse lo más mínimo con hechos circunstanciales. Ella tiene asuntos propios a los que debe atender con urgencia, asuntos que producen hermosos destellos en sus ojos claros, avisos del resplandor que la ilumina.

Pero el silencio tiene mala reputación: que se lo pregunten a un sordo. Porque temer al silencio es temer a la nada, aunque resulte que tal vez la nada sólo existe en nuestras mentes excitables e inseguras.
Y antes de que la nada nos separara como un abismo insalvable, abrí de nuevo la revista y la invité a leer un anuncio sobre aparatos de aire acondicionado. "Misubisi. El silencio", dijo con rapidez, y luego se sumió de nuevo en sus cavilaciones, sin duda más interesantes que las veleidades de este mundo que seguramente dejó de preocuparle hace tiempo.
Di por hecho que tampoco le importaban  las princesas, ni los aires acondicionados, que no tenía que encargarse del mundo porque el mundo lo sostienen o lo manejan otros, a Dios gracias.
 "Muy bien, Juana", le dije, aceptándola como era, amándola tal como era, solidarizándome con su silencio.
Te entiendo, Juana. El silencio resulta tan excepcional, que necesita pedirse como un favor o una merced, con el dedo índice en los labios o con un siseo que adormece como una nana cantada con arrobo.
Nunca más el silencio, tu silencio, volverá a angustiarme. Porque callar no siempre es otorgar.
Callar es un deber, pues necesitamos que el silencio fecunde nuestras vidas.
Callar también es un derecho, y Juana luchó durante setenta y ocho años por conseguirlo.
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